“Encarnita, ¿cuándo escribimos un libro?”

06/04/2009

Maite del Riego, licenciada en Filología Románica, que trabajó durante varios años cerca de Encarnita Ortega en diferentes proyectos ha publicado un nuevo libro sobre esta mujer del Opus Dei.

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“Alguna vez -recordaba la autora- comenté con ella una idea: “Encarnita, ¿cuándo escribimos un libro?”. Me refería a algo más personal, su vida, sus recuerdos. No se negaba pero no llegamos a realizarlo. Por eso, al llegarme la noticia de su muerte me acordé del libro, de esas memorias que tanto me tentaban. Ya no las escribiríamos nunca”.

Fue entonces cuando del Riego decidió recoger diferentes testimonios de personas que habían conocido a Encarnita. A continuación, algunos párrafos de este libro (páginas 51-54) que trazan la semblanza humana de esta mujer del Opus Dei


SEMBLANZA HUMANARecordaba Encarnita las enseñanzas del fundador en Valencia a las primeras mujeres que se acercaron al Opus Dei en 1941: aunque les hablaba constantemente de entrega y de apostolado, salpicaba la conversación con deta­lles de buen humor dejando constancia clara del espíritu de alegría que hay en la Obra. No ocultaba las dificultades, pero las planteaba con tanto sentido sobrenatural y garbo humano, que no asustaban. Cuando en 1955 se cumplía el 25 aniversario del comienzo de lo que Dios hizo ver al fundador: que el Opus Dei debía extenderse a las mujeres, san Josemaría les dirigió unas palabras de agradecimiento al Señor, y volvió a requerir de ellas el mismo sentido sobrenatural y el garbo humano para seguir extendiendo la Obra.

Encarnita tenía la responsabilidad de ser motor e ir por delante. Confiaba en las personas, sabía comprender, disculpar y exigir: “Jamás le oí un comentario negativo de nadie”.

Las que convivieron con ella cuentan muchos detalles de su forma de combinar la vida de fe con las realidades humanas. Catherine Bardinet, la primera francesa del Opus Dei, trabajó varios años con Encarnita en Roma y recuerda algunos rasgos de su personalidad:

“Por las circunstancias de su juventud, la guerra, la cárcel, etc., no pudo estudiar como hubiese deseado, pero tenía una buena formación cultural y una mentalidad muy abierta que le hacía interesarse por todo. Escribía con soltura. Era muy inteligente y perspicaz. No se daba ninguna importancia y tenía el gran don de escuchar con atención.

También tenía gran facilidad de palabra, pero sin pretensiones oratorias. Comunicaba lo que llevaba dentro y hablaba de lo que ella vivía estimulando a los oyentes, de manera positiva, a ponerlo en práctica (…).

Su aspecto físico era agradable. Sin ser una belleza, tenía unos ojos claros muy bonitos, un pelo fuerte y largo que llevaba recogido en un moño durante su época romana. Era muy delgada (…).

Vestía con sencillez. Siempre iba bien arreglada, pero tenía pocas cosas. En una época de estrechez económica, vivíamos todas con lo indispensable. Por entonces no existían tantos productos de belleza como ahora y usábamos lo mínimo necesario (…).

Atendía muy bien a la gente. Su firmeza, su ecuanimidad, sin sombra de suficiencia ni de arrogancia, inspiraban mucha confianza. Escuchaba, comprendía, animaba, y también sabía desdramatizar los asuntos y reírse. Cuando por cualquier razón alguien sufría o tenía un problema, era sumamente atenta y cariñosa”.

Y añade otra persona que la trató en esos años: “(…) sobre todo, su espíritu entusiasmante; te miraba de frente y se establecía inmediatamente una gran confianza y cordialidad”.

En los años cincuenta Encarnita era joven y gozaba de buena salud; se notaba en su agilidad y en la capacidad de trabajo. Pero le habían quedado secuelas del tiempo de la guerra y de la cárcel. Por ejemplo, sufría intensos dolores de cabeza, que ningún médico logró curar. Una vez le hicieron una punción lumbar. Los médicos esperaban que con ese tratamiento le desaparecerían las fuertes molestias. Los pinchazos fueron muy dolorosos, y resistió sin una queja.

En cuanto terminó la prueba, acudió san Josemaría y preguntó cómo estaba. Después de seguir atentamente la explicación, comentó: “¡Esta hija mía! No sabéis lo santa que es: nunca sabréis lo santa que es Encarnita…”.

María José Monterde también se acuerda de otros medios que se pusieron, sin éxito, para quitarle sus dolores: “San Josemaría le preguntaba muchas veces cómo estaba. Encarnita siempre le contestaba que muy bien y el Padre le decía: ya sabes que en eso es en lo único que no te creo. Se pusieron muchos medios –con diversos médicos– para ver si se conseguía que desaparecieran los dolores pero, en vista de que no remitían, un día le dijo el Padre: hija mía, ya ves que hemos puesto todos los medios posibles, tantos como hubieran puesto tus padres; más ya no hemos podido”.

de encarnitaortega.wordpress.com

 

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