El folio secreto del santo del Opus Dei

 El clima ha cambiado mucho desde aquel 17 de mayo de 1992, día de la beatificación de Escrivá de Balaguer y Albás. Documentándome, entonces, para un libro de investigación que escribía sobre el Opus Dei, constaté la extensión del “cartel” para impedir o al menos retrasar la glorificación de aquel hombre. Un grupo transversal, dentro y fuera de la Iglesia, que dirigió una martilleante campaña en los medios de comunicación de medio mundo. Unos años antes, en Italia, había habido incluso una iniciativa parlamentaria para aplicar a la Obra la ley represiva sobre las sociedades secretas, aprobada con mucha prisa después del caso P2.

El gobierno Craxi confió al ministro del Interior, Scalfaro, una investigación profunda, que “absolvió” a los discípulos del sacerdote aragonés, pero que dejó tras de sí mucho veneno. Así, la canonización de hoy ha dado pretexto a algún pintoresco artículo de prensa, mientras algún repetidor no ha dejado de usar el déja vu: “masonería católica”, “mafia clerical”, “lobby reaccionario”, “club de plutócratas”. Y los ya conocidos profesionales de la denigración (tres o cuatro ex-miembros de la Obra, siempre los mismos) han vuelto a la carga con la historia del cilicio, con remotas sospechas de franquismo, con el oscuro sadomasoquismo hispánico que habrían constatado en Escrivá, padre-patrón. Poca cosa, .

 Parece por tanto que ha tenido éxito la estrategia de la Obra, que se inspira en el Fundador mismo, quien, frente a los ataques, repetía su directriz: “Sonreír, rezar, perdonar”. Y, después, “callar y trabajar”. De hecho ha ocurrido que, merced al clima más distendido, la Obra ha podido dedicar todas sus energías a la organización del día de hoy, que promete superar incluso al de la beatificación, inaudito por la concurrencia y por un orden más teutónico que hispánico. Para un buen funcionamiento

Alguien me ha hecho llegar, por debajo de la mesa, el “folio de disposiciones” distribuido a los jefes de grupo y que ellos deberán utilizar sólo verbalmente. El “estilo Opus Dei” aparece aquí claramente, como en el tercer punto, donde se recuerda que “no es elegante llevar pancartas o carteles (ni tampoco banderas o estandartes) porque dan una imagen de provincialismo”. Se permiten los aplausos, pero “sólo en los momentos oportunos” y, en todo momento, se debe “evitar gritos y exclamaciones de estadio” y dejar cantar sólo a quien haya demostrado que sabe. Siempre y en toda circunstancia, “no moverse con bulliciosas manifestaciones y renunciar a gastos inútiles”. Al final, “dejar la plaza completamente limpia, sin ningún tipo de desechos”.

Una preocupación de estilo que seguramente le habría gustado al nuevo santo, que –aun siendo personalmente sobrio y austero- enseñó siempre que la pobreza cristiana no coincide con la pobretería, que el radicalismo evangélico puede convivir con el buen gusto y las buenas maneras. Y que se puede, se debe ser piadoso, pero que no se echa a perder la piedad si el laico lleva una buena corbata; ni si el sacerdote usa unos elegantes gemelos en los puños de la camisa, como él mismo siempre hizo. Pero evidentemente no está aquí la singularidad de esta canonización. El nuevo santo es único porque en él se reconoce una organización mundial, que lo venera como padre, pero de la que siempre dijo que no era el fundador. He aquí el secreto

“Soy un fundador sin fundamento –repetía–. La fundación del Opus Dei no se debe a mí, no se me había pasado por la cabeza, no quería en absoluto fundar nada, antes bien me he resistido, he buscado hacerme a un lado”. Sorprende que tantos voluntariosos investigadores de los “secretos” de la Obra no se percaten de que justamente aquí está el Secreto, verdaderamente fundante, de una realidad que es anómala también en la Iglesia, en la que es la única Prelatura Personal. En el origen, aquí no hay una “fundación”, sino más bien una “revelación”. Todas las familias religiosas católicas han nacido y nacen a partir del celo de creyentes que individuan una necesidad, una meta, un objetivo, sobre el que se debe aplicar caridad y esfuerzo. Aun inspirados y guiados desde lo alto, fundadores y fundadoras, movidos por una necesidad específica, elaboran planos, hacen proyectos, organizan a sus colaboradores, forman discípulos. Sin embargo, con el Opus Dei no ha sido así.

Sacerdote desde hacía sólo 3 años, a sus 26 don Josemaría completaba en Madrid sus estudios de derecho y, mientras, se mantenía ocupado –con aquel espíritu pragmático, que lo alejaba de cualquier tentación visionaria o pseudomística– con una pequeña tarea pastoral. El 2 de octubre de 1928, mientras daba el mediodía, en la habitación de una casa de los Padres Paúles en la madrileña calle García de Paredes, repentinamente, “Dios se dignó iluminarlo: él vio el Opus Dei, tal como el Señor lo quería y como debía ser a lo largo de los siglos”. Por eso su sentido sobrenatural

Así las palabras textuales del decreto de canonización. Por eso, ateniéndose al testimonio de Escrivá y a la confianza depositada en él por sus discípulos, la Obra habría sido pensada y querida ab aeterno por Dios mismo, que habría elegido, en Sus designios inescrutables, a un joven y desconocido cura de Barbastro como simple instrumento para que bajase a la historia el proyecto celeste. Atemorizado ante tal “revelación”, don Josemaría intentó tergiversar, rehuir la llamada, pero una persuasiva evidencia lo obligó a cargar a cuestas lo que, a ojos humanos, era una auténtica cruz.

Viene de aquí –de estos orígenes misteriosos– la convicción del Opus Dei de tener por confines el mundo y como término el fin mismo de la historia. Escrivá lo repitió siempre: “No somos una organización determinada por exigencias particulares en una época determinada. La Obra no nace de un proyecto terreno, sino divino; y existirá mientras haya hombres sobre la tierra, porque los hombres siempre tendrán un trabajo con el que santificarse”. Instrumento de un proyecto divino

Con la guía de un joven numerario americano, recorría yo un día los pasillos de “Villa Tevere”, el gran edificio en el barrio Parioli donde tiene su sede el Prelado, con quien tenía una entrevista. Manifesté mi admiración no sólo por el gusto, sino también por la solidez de los materiales con que todo, en aquel laberinto, está construido. “Por supuesto: pero es para ahorrar. Todo esto deberá durar por siglos, hasta el retorno de Cristo”, me respondió, imperturbable, mi acompañante.

Una fuerza tranquila, lejana a cualquier fanatismo, y al mismo tiempo indomable, por la convicción de estar llevando a cabo un proyecto del Cielo mismo: es éste el verdadero Secreto del Opus Dei, para el cual san Escrivá no fue fundador sino sólo instrumento y, por añadidura, resistiéndose. Un Secreto consolador para 85 mil personas, en continuo aumento, para quienes es un combustible vigoroso de apostolado y de vida cristiana. Pero, al mismo tiempo, un Secreto inquietante para muchos otros: probablemente, se puede entender por qué.

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