“preclaras dotes de mente y corazón”

Firmado por Diego Contreras
Fecha: 30 Marzo 1994

Roma.- Las reacciones ante la repentina muerte de Mons. Álvaro del Portillo muestran el gran cariño y estimación de que gozaba el Prelado del Opus Dei, un hombre que prestó grandes servicios a la Iglesia sin querer brillar. Acababa de regresar de una peregrinación a Tierra Santa, viaje que calificó como “una caricia de Dios”. Juan Pablo II visitó la capilla ardiente y oró ante los restos mortales de este “siervo bueno y fiel”, como le había definido en su telegrama de pésame.La noticia del fallecimiento del Prelado del Opus Dei era ya de dominio público a primeras horas de la mañana del día 23 de marzo. El piloto del avión que lo acababa de traer de Jerusalén, y con quien había charlado personalmente durante el viaje, relató que no podía dar crédito a lo que oyó por la radio esa mañana. Como muchas otras personas, visitó conmovido la capilla ardiente instalada en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, en la sede central del Opus Dei, donde desde el primer momento se celebraban misas ininterrumpidamente.

Los restos mortales del Prelado reposaban sobre una sábana colocada directamente sobre el pavimento, justo delante del altar que acoge el cuerpo del Beato Josemaría Escrivá. Estaba revestido con ornamentos litúrgicos: casulla morada, alba roja y, a un lado, la mitra de obispo. De modo espontáneo, la gente se arrodillaba junto a él, le besaba la frente y pasaban entre sus manos rosarios y otros objetos, hasta que se retiraban para dejar lugar a otros.

También acudieron a despedirle las cuatro familias de supernumerarios y cooperadores del Opus Dei que le habían saludado en el aeropuerto romano de Ciampino a las nueve de la noche del día anterior. Se habían enterado de su regreso y, como viven en el mismo pueblo de Ciampino, quisieron ir a recibirlo en compañía de sus hijos. Le dieron la bienvenida ofreciéndole algunos ramos de flores.

La misa de sufragio del PapaDesde el primer momento, junto a los miembros del Opus Dei, amigos, gente del barrio, fueron muy numerosas las autoridades civiles y eclesiásticas que visitaron la capilla ardiente. Algunos cardenales y obispos de la Curia Romana relataron que habían recibido la noticia a las siete de la mañana y de labios de Juan Pablo II, cuando se disponían a concelebrar en su capilla privada. El Papa les invitó a unirse a sus intenciones y a ofrecer la misa por el alma del Prelado del Opus Dei. Pocas horas después, monseñor Javier Echevarría, Vicario General de la Prelatura, recibió un telegrama de pésame firmado por el Papa, cuyo texto fue publicado esa misma tarde en la primera página de L’Osservatore Romano.

“Un siervo bueno y fiel”: con esta definición evangélica describe Juan Pablo II la figura de monseñor Álvaro del Portillo, al tiempo que recuerda “con ánimo agradecido al Señor la vida llena de celo sacerdotal y episcopal del difunto, el ejemplo de fortaleza y de confianza en la Providencia Divina que siempre ha ofrecido, su fidelidad a la Sede de Pedro”, así como su dedicación pastoral y sus “preclaras dotes de mente y corazón”.

Juan Pablo II tiene palabras de elogio “por el generoso servicio eclesial” prestado a lo largo de su vida por monseñor Álvaro del Portillo, “como estrecho colaborador y benemérito sucesor del Beato Josemaría Escrivá”. El Papa concluye su mensaje elevando “al Señor fervientes oraciones de sufragio para que acoja en su seno eterno a este su servidor bueno y fiel”.

El dolor de la separaciónEl Vicario General de la Prelatura, monseñor Javier Echevarría, quien vivió con monseñor Álvaro del Portillo desde el inicio de los años cincuenta y le atendió en sus últimos momentos, contó a los periodistas que el último encuentro público de monseñor Álvaro del Portillo “fue con árabes y hebreos en Jerusalén, donde pudo demostrar su cariño a todos sin distinción”.

“El desgarrón se siente -afirmó-, hemos llorado, somos humanos y hemos sentido mucho esta separación. Se nos ha marchado un padre que tenía una auténtica preocupación por cada uno de sus hijas y de sus hijos. Esta es hora de rezar. Estamos muy serenos y muy tranquilos, con la certeza de que el Señor, por la intercesión de nuestro Padre y ahora por la intercesión del Prelado del Opus Dei, seguirá rigiendo y gobernando el Opus Dei desde el cielo y, por lo tanto, seguirán los tiempos de expansión, los tiempos de llegar a más sitios, de llegar a más almas que están esperando la llamada de Dios”.

“Nos sentimos muy unidos y protegidos por la oración y por el cariño del Padre Común, que es siempre el Santo Padre, sea quien sea, y en este caso el Papa actual, que ha demostrado siempre tanto afecto por el Opus Dei, como por otras instituciones, pero concretamente por el Opus Dei”.

El Vicario General confirmó que nada hacía presagiar este fin tan inmediato, pues el Prelado hacía vida normal. “La prueba de ello es que diez días antes inició esta peregrinación a Tierra Santa -yendo de un sitio para otro, subiendo y bajando y, sobre todo, besando todos los lugares que santificó nuestro Señor-, y de la que volvió contentísimo”. De hecho, añadió más adelante, nada más regresar a Roma le confió “que estaba muy feliz de haber podido realizar este viaje: pienso que ha sido una caricia que me ha hecho el Señor, dijo. Y ahora, a la vista de lo que ha ocurrido, pienso que realmente ha sido una caricia”.

“Cuando nos dimos cuenta esta madrugada de la gravedad de la situación, pusimos todos los medios médicos que estaban a nuestro alcance y vimos que su vida se nos escapaba, al mismo tiempo que contemplamos cómo afrontaba lleno de paz y serenidad sobrenaturales ese paso en teoría doloroso de la muerte, pero que es el abrazo eterno de Dios”.

“Pudimos atenderle médicamente en todo lo que dependía de nosotros, y espiritualmente, como era su deseo desde hace muchos años: quería recibir los últimos sacramentos, los amaba y los deseaba ardientemente, y se le pudieron administrar tanto la Unción de los enfermos, cuando estaba vivo y consciente, como la absolución sacramental repetidas veces”.

En Tierra SantaDel último viaje a Tierra Santa relató que “tuvo encuentros con los fieles de la Prelatura del Opus Dei que trabajan allí, hombres y mujeres, cada uno en sus diversas profesiones. Están realizando el apostolado, como todos los miembros del Opus Dei en todos los lugares del mundo, a través de la santificación del trabajo ordinario y de la convivencia con las personas -colegas, amigos, compañeros, familiares-, para acercarles más a Dios, sabiendo que tenemos esa misión y considerándonos nosotros iguales y tan necesitados de ayuda espiritual como los demás”.

“El Padre aprendió del Beato Josemaría Escrivá a transformar todo en oración. Yo puedo decir que le he acompañado desde el año 1950, en el que tuve la suerte de vivir también cerca del Beato Josemaría Escrivá, y he podido contemplar la misión de un hijo fiel, de un hijo que se ha preocupado de vivir siempre a la sombra del Padre pero secundando la acción del fundador del Opus Dei. Puedo decirlo con toda tranquilidad, sabiendo que es así: ha sido el mejor de los hijos que ha tenido el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer aquí en la tierra”.

El Papa en la capilla ardienteLa presencia del Papa en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz fue una sorpresa para los varios centenares de personas que se habían congregado en la calle Bruno Buozzi en espera de poder saludar por última vez al Prelado del Opus Dei. Tan sólo la llegada de los agentes de seguridad vaticanos e italianos, cuarenta minutos antes, desveló la inminente visita del Pontífice.

Juan Pablo II, a quien acompañaba el cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado, fue recibido por monseñor Javier Echevarría. Las personas que ocupaban la pequeña iglesia se pusieron de pie cuando entró el Papa y se arrodillaron con él. Juan Pablo II, visiblemente conmovido, se recogió en oración durante siete minutos. Al concluir, dirigió una Salve, seguida de tres Glorias. Mons. Echevarría le ofreció la estola y el hisopo, con el que bendijo el cuerpo del Prelado. El Papa volvió a arrodillarse durante unos momentos. Antes de regresar al Vaticano, escribió su nombre en el libro de firmas. Le despidió el aplauso de los que esperaban fuera.

Continuidad en el camino del Opus DeiLos restos mortales del Prelado del Opus Dei recibieron sepultura en la cripta de la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, el jueves 24 a las seis y media de la tarde. Como recuerda una inscripción en la lápida, Álvaro del Portillo reposa en el mismo lugar donde descansó durante diecisiete años el cuerpo del Beato Josemaría Escrivá. La inhumación, precedida de una Misa de exequias, se desarrolló en forma privada con la asistencia de los parientes del Prelado y miembros del Opus Dei de distintas nacionalidades.

El funeral público se celebró a las cinco y media del viernes 25, en la Basílica de San Eugenio. Asistieron varios miles de personas, incluidas numerosas autoridades civiles y eclesiásticas. Entre los trece cardenales se encontraban el Secretario de Estado y el Decano del Colegio Cardenalicio.

En la homilía de la Misa, Mons. Javier Echevarría dijo que “se cierra una página irrepetible de la historia del Opus Dei, pero no comienza ninguna nueva etapa”. El Opus Dei camina por la senda trazada por su fundador, y el “modelo concreto, cercano y entrañable” de cómo ha de ser esa fidelidad “nos lo ha mostrado el Padre que acabamos de perder”.

El Vicario General de la Obra recordó a Mons. Del Portillo con unas palabras de la Sagrada Escritura que ya le aplicó el Beato Josemaría Escrivá: “El varón fiel será alabado”, una idea que también subrayó el Papa en el telegrama que envió al conocer el fallecimiento.

Sobre los diecinueve años que el Prelado había dirigido la Obra, Mons. Echevarría señaló que “gracias a la misericordia de Dios y al trabajo esforzado de Mons. Del Portillo, el Opus Dei ha obtenido de la Santa Sede la configuración jurídica de Prelatura personal, preparada e intensamente deseada por el fundador. Ha comenzado sus actividades apostólicas en veintiún nuevos países. Ha visto incrementarse el número de vocaciones. Ha puesto al servicio de la Iglesia casi ochocientos sacerdotes. Ha emprendido iniciativas apostólicas de amplísima incidencia pastoral, como el Ateneo Romano de la Santa Cruz”.

“El Señor, que no permitió a monseñor Álvaro del Portillo, ni nos concedió a sus hijas e hijos, la alegría de celebrar juntos sus bodas de oro sacerdotales el próximo mes de junio, quiso hacerle una caricia, que tocó profundamente el corazón del Padre: la de poder renovar el divino Sacrificio del Calvario, por última vez en su vida, en el lugar donde se conserva la memoria siempre viva de la institución de la Sagrada Eucaristía y del sacerdocio; el recuerdo afectuoso de nuestra Madre la Virgen, reunida en oración con los Apóstoles en espera de la efusión del Espíritu Santo; las huellas de la primera epifanía de la Iglesia, presidida por Pedro en la caridad y enviada a evangelizar a todos los hombres”.

Testimonios de personalidades civiles y eclesiásticasPersonalidades civiles, autoridades de la Iglesia católica y de otras confesiones religiosas, y numerosas personas de todas clases han enviado sus condolencias a la sede central del Opus Dei por el fallecimiento de Mons. Álvaro del Portillo.

Entre otras muchas personalidades de la Santa Sede, Mons. Schotte, secretario general del Sínodo de los Obispos, manifestó que deseaba “agradecer sus desvelos en favor de la Iglesia y su colaboración en el Sínodo de los Obispos”. El presidente de la Conferencia Episcopal italiana, Card. Ruini, destacó “su profunda piedad, su bondad de ánimo y su penetrante conocimiento y comprensión de los hechos eclesiales”.

Obispos de todo el mundo recuerdan en él a un amigo: “Recuerdo con agradecimiento las oraciones y el apoyo que me ha prestado durante los pasados meses, cuando se lanzaron acusaciones contra mí”, afirmó el Card. Bernardin, arzobispo de Chicago. El Card. Franz König, antiguo arzobispo de Viena, subraya que cumplió “de modo ejemplar” su tarea de gobernar el Opus Dei en la fase actual, y asegura que “le encomendaré en la Santa Misa y me encomendaré al fallecido prelado”.

Para el Card. Ángel Suquía, arzobispo de Madrid, “era un hombre entrañable en su conversación, muy prudente y muy alegre y animoso. No recuerdo haber salido nunca de estar con él sin sentirme más alegre que antes de haber entrado”. Mons. Elías Yanes, presidente de la Conferencia Episcopal Española, asegura sus oraciones “para que el Señor lo acoja en su compañía, recompensando así su dedicación generosa al servicio de la obra de la Iglesia”. El fundador de Comunión y Liberación, don Luigi Giussani, afirma que el dolor por la llamada al cielo de Mons. Álvaro del Portillo “se convierte en confiada certeza de su ayuda en el camino de nuestra santidad”.

El general de los Jesuitas, P. Kolvenbach, agradece a Dios “el don que el desaparecido prelado y su infatigable servicio apostólico ha hecho a la Iglesia y al mundo”, y se muestra seguro de que intercederá “también por la Compañía de Jesús”. Por su parte, el Postulador general de los Carmelitas descalzos, P. Simeón de la Sagrada Familia, recuerda “el amor con que participaba en todos los grandes acontecimientos del carmelo de Santa Teresa”.

De Jerusalén llegó el telegrama del rabino David Rosen, director para el diálogo interreligioso de la organización hebrea “Anti-Defamation League of B’Nai B’Rith”. El texto, firmado también por el rabino Leon Klenicki de Nueva York y por Lisa Palmieri-Billig, representante en Italia de esa organización, expresa el pésame e invoca “la ayuda del Señor para que continúe la obra de bien del Opus Dei en el mundo”.

Entre otras personalidades civiles, han enviado mensajes de condolencia los Reyes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, el presidente de Venezuela, Rafael Caldera, presidentes de comunidades autónomas españolas, como Jordi Pujol, Manuel Fraga o Juan Cruz Alli.

El ex presidente italiano Francesco Cossiga declaró que daba gracias a Dios por haber tenido la posibilidad de tratarle como un amigo. “Estábamos citados para después de su viaje a Tierra Santa. Este encuentro no ha podido tener lugar, pero estoy seguro de que ninguno de los dos faltó a la cita, que se realizará aunque de un modo misterioso que pertenece al ámbito de la gracia y de la amistad. Aunque no pertenezco a la Obra, en los siete años de mi presidencia he venido con frecuencia a verle. Ha estado siempre muy cercano a mí, humana y espiritualmente”.

La prensa italiana se hace amplio eco de la muerte de Mons. Álvaro del Portillo, resaltando la inusual visita que Juan Pablo II realizó a la capilla ardiente. El Corriere della Sera recoge unas palabras del escritor Vittorio Messori, quien se entrevistó con el Prelado meses antes de su fallecimiento, con motivo de la preparación de un libro sobre el Opus Dei que acaba de publicar: “Era verdaderamente un padre, como le llaman en el Opus Dei. Te daban ganas de confesarte, más que de hacerle preguntas. Se notaba que había sido ingeniero, especialista en puentes y carreteras. Detrás del hábito de obispo, se veía al hombre de mundo”.

L’Osservatore Romano incluyó en su primera página el texto del telegrama del Papa, junto a una amplia semblanza biográfica del fallecido.

En la prensa inglesa, publican amplias necrológicas The Times y The Daily Telegraph. Este último destaca un rasgo de su carácter: “Pese a ser un teólogo extraordinariamente inteligente y autor de varios libros, fue un hombre humilde y accesible, cuya sonriente presencia siempre lograba disipar cualquier tensión”.

Diego Contreras

de aceprensa

Don Álvaro: entrega a Dios y a los demás

Simplemente recordar que en un día como hoy(15 de septiembre), en 1975, fue elegido Don Álvaro como primer sucesor de San Josemaría al frente del Opus Dei.
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Un gran hombre Don Alvaro. Mejor, a mi entender un hombre de Dios. Tuve la fortuna de estar cerca suya en varias ocasiones y de estar en tertulias con él y siempre me conmovía su humildad.
Desde aquí y ahora (aunque parezca tarde no lo es) quiero agradecerle sus desvelos y el cariño que desprendia siempre. En definitiva su vida de entrega a Dios y a los demás.

Carta del Prelado (abril 2010)

En su carta de abril, Mons. Javier Echevarría invita a considerar la idea de que “con su humillación y su posterior exaltación, el Señor nos ha trazado el sendero por el que deben discurrir nuestros pasos en la existencia cotidiana”.

03 de abril de 2010

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Ayer, 31 de marzo, se cumplieron setenta y cinco años del día en el que nuestro Padre celebró por vez primera la Misa y dejó reservado el Santísimo Sacramento en la Residencia de Ferraz. Y mañana, 2 de abril, habrán transcurrido cinco años del fallecimiento de Juan Pablo II. Dos aniversarios muy diferentes entre sí, que, sin embargo, causan un eco especial en nuestros corazones. Los dos caen este año en plena Semana Santa. Nos invitan a recorrer la senda de la vocación cristiana en unión estrecha con Jesucristo, realmente presente en la Sagrada Eucaristía, acompañándole de cerca en su Pasión redentora.

Con frecuencia venía a la mente de nuestro Padre que, después de quedarse el Señor en el sagrario del Centro, la labor apostólica experimentó un gran crecimiento. Apenas pasado ese día, sin desaparecer las dificultades —que encontraremos siempre, porque por ese camino anduvo Nuestro Señor—, la cosecha comenzó a manifestarse con más abundancia. Nuestro Padre lo consignó por escrito en una carta al Vicario General de la Diócesis de Madrid-Alcalá: «Desde que tenemos a Jesús en el Sagrario de esta Casa, se nota extraordinariamente: venir Él, y aumentar la extensión y la intensidad de nuestro trabajo».

Todos conservamos en la mente que la muerte de Juan Pablo II produjo una sacudida espiritual en multitud de personas y dejó frutos innumerables. Estuvo precedida de años, meses y semanas en los que ese gran Pontífice ofreció —con su predicación y con su ejemplo, con su larga enfermedad, con su vida entregada y con su muerte— un testimoniomaravilloso de cómo hay que seguir a Cristo. Seguramente recordamos la determinación con que agarraba la Santa Cruz, mientras seguía por televisión el Viacrucis del Viernes Santo, en el que no pudo estar presente.

Estos y otros recuerdos nos pueden ayudar a meternos con más profundidad en las escenas de la Semana Santa. La liturgia del Triduo sacro, que comienza esta noche con la Misa in Cena Domini y concluye con la Vigilia Pascual, rememora elocuentemente el modo que Dios ha elegido para redimirnos. Pidamos al Señor gracia abundante para comprender con más profundidad el don inmenso, verdaderamente inestimable, que ha hecho a la humanidad mediante su sacrificio en la Cruz. ¿Qué te has propuesto para no dejar solo a Jesucristo? ¿Cómo le ruegas que te haga alma generosamente penitente? ¿Pones los medios para que no se produzca aquella desbandada que sucedió a los Apóstoles?

Comentando el himno de la epístola a los Filipenses, que describe el anonadamiento de Dios para salvarnosBenedicto XVI explica que «el Apóstol recorre, de un modo tan esencial como eficaz, todo el misterio de la historia de la salvación aludiendo a la soberbia de Adán que, aunque no era Dios, quería ser como Dios. Y a esta soberbia del primer hombre, que todos sentimos un poco en nuestro ser, contrapone la humildad del verdadero Hijo de Dios que, al hacerse hombre, no dudó en tomar sobre sí todas las debilidades del ser humano, excepto el pecado, y llegó hasta la profundidad de la muerte. A este abajamiento hasta lo más profundo de la pasión y de la muerte sigue su exaltación, la verdadera gloria, la gloria del amor que llegó hasta el extremo. Por eso es justo —como dice San Pablo— que “al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!” (Flp 2, 10-11)».

Detengámonos a meditar estas palabras de San Pablo, que escucharemos de nuevo el Viernes Santo antes de leer la Pasión según San Juan. Son como la puerta que nos permite introducirnos en los designios divinos, que tantas veces se alejan de los planes meramente humanos. Abracemos las contradicciones que Dios permita o nos envíe, con la seguridad de que son una prueba de su amor, como lo fue la Pasión y Muerte de su Hijo. «No fue fruto de un mecanismo oscuro o de una fatalidad ciega: fue, más bien, una libre elección suya, por generosa adhesión al plan de salvación del Padre. Y la muerte a la que se encaminó —añade San Pablo— fue la muerte de cruz, la más humillante y degradante que se podía imaginar. Todo esto —comenta el Romano Pontífice— el Señor del universo lo hizo por amor a nosotros: por amor quiso “despojarse de su rango” y hacerse hermano nuestro; por amor compartió nuestra condición, la de todo hombre y toda mujer».

Con su humillación y su posterior exaltación, el Señor nos ha trazado el sendero por el que deben discurrir nuestros pasos en la existencia cotidiana. «La vida de Jesucristo, si le somos fieles —escribió San Josemaría—, se repite en la de cada uno de nosotros de algún modo, tanto en su proceso interno —en la santificación— como en la conducta externa». Así, bajo la acción del Espíritu Santo, con nuestra colaboración personal, se irán consolidando los rasgos de Cristo en nosotros. También en la práctica del Viacrucis, podemos meditar con profundidad lo que escribía nuestro Padre: «Señor, que yo me decida a arrancar, mediante la penitencia, la triste careta que me he forjado con mis miserias… Entonces, sólo entonces, por el camino de la contemplación y de la expiación, mi vida irá copiando fielmente los rasgos de tu vida. Nos iremos pareciendo más y más a Ti. Seremos otros Cristos, el mismo Cristo, ipse Christus».

Hijas e hijos míos, encomiendo al Señor que entendamos a fondo que la mayor manifestación de amor, de felicidad, está en el anonadamiento, porque entonces Dios llena el alma hasta el último pliegue. No olvidemos que son una verdad muy evidente aquellos versos —pobres, apostillaba nuestro Padre— que venían a los labios de San Josemaría: Corazón de Jesús, que me iluminas, / hoy digo que mi Amor y mi Bien eres, / hoy me has dado tu Cruz y tus espinas, / hoy digo que me quieres.

El Señor utiliza este modo de actuar —la unión con la Cruz— para santificarnos, y también permite que la misma Iglesia sufra muchos ataques. «No es algo nuevo, comentaba San Josemaría. Desde queJesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia».

Nada de esto debería sorprendernos. Ya lo anunció Nuestro Señor a los Apóstoles: si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero como no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra.

Ciertamente, hay momentos en los que se intensifican los ataques a la doctrina católica, al Papa y a los Obispos; se pone en berlina a lossacerdotes y a cuantos se esfuerzan por llevar una vida recta; se reduce al ostracismo a los católicos laicos que, en uso de su libertad, se proponen iluminar las leyes y las estructuras civiles con las luces del Evangelio. Imagino que todas y todos sentiréis pena por esos pobres que sólo saben tener amargura en sus mentes, en sus almas. Llevémosles al Señor con nuestra oración.

Ante estas situaciones, no hemos de perder el ánimo ni encogernos; sintamos tristeza fraterna por aquellos que se mueven en el error, y recemos por ellos; devolvámosles bien por mal; y tomemos la decisión de ser más alegremente fieles y más apostólicos. Traigamos a nuestra memoria el Dios y audacia de San Josemaría en los primeros años de la Obra, cuando las dificultades en la vida de la Iglesia no eran inferiores a las actuales. Consideremos la afirmación de Nuestro Señor que os acabo de recordar: si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra. Dios no pierde batallas. Con su amor y su omnipotencia infinitos puede sacar, del mal, el bien.

Muchas veces han cantado victoria quienes pensaban que habían acabado definitivamente con la Iglesia, y siempre la Esposa de Cristo ha resurgido más bella, más pura, para seguir siendo instrumento de salvación entre las naciones. Ya lo señalaba San Agustín en su tiempo, con palabras que nuestro Padre recoge en una de sus homilías. «Si acaso oís palabras o gritos de ofensa para la Iglesia, manifestad, con humanidad y con caridad, a esos desamorados, que no se puede maltratar a una Madre así. Ahora la atacan impunemente, porque su reino, que es el de su Maestro y fundador, no es este mundo. “Mientras gima el trigo entre la paja, mientras suspiren las espigas entre la cizaña, mientras se lamenten los vasos de misericordia entre los de ira, mientras llore el lirio entre las espinas, no faltarán enemigos que digan: ¿cuándo morirá y perecerá su nombre? Es decir: ved que vendrá el tiempo en que desaparezcan y ya no habrá cristianos… Pero, cuando dicen esto, ellos mueren sin remedio. Y la Iglesia permanece” (San Agustín, En. in Ps., 70, II, 12)».

En ocasiones querríamos que Dios manifestara su poder librando definitivamente a la Iglesia de quienes la persiguen. Y quizá nos vienen ganas de preguntar: ¿por qué permites que humillen de este modo al pueblo que Tú has redimido? Es la queja que San Juan, en el Apocalipsis, pone en boca de los que han dado testimonio de Cristo hasta la muerte: Vi debajo del altar a las almas de los inmolados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Clamaron con gran voz: —¡Señor santo y veraz! ¿Para cuándo dejas el hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los habitantes de la tierra?. La respuesta no se hace esperar: se les dijo que aguardaran todavía un poco, hasta que se completase el número de sus hermanos y compañeros de servicio que iban a ser inmolados como ellos.

Es el modo de actuar de Dios. Quienes fueron testigos del prendimiento de Cristo, de su juicio inicuo, de su injusta condena, de su muerte ignominiosa, concluyeron equivocadamente que todo había terminado. Y, sin embargo, nunca estaba más cerca la Redención de los hombres, que cuando Jesús sufría voluntariamente por nosotros. «¡Qué maravilloso y, a la vez, sorprendente es este misterio!, comenta el Santo Padre. Nunca podremos meditar suficientemente esta realidad. Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios como propiedad exclusiva; no quiso utilizar su naturaleza divina, su dignidad gloriosa y su poder, como instrumento de triunfo».

El Señor desea que en los miembros de su Cuerpo místico se cumpla el misterio de abajamiento y de exaltación mediante el cual llevó a cabo la Redención. «El Viernes Santo es un día lleno de tristeza, pero al mismo tiempo es un día propicio para renovar nuestra fe, para reafirmar nuestra esperanza y la valentía de llevar cada uno nuestra cruz con humildad, confianza y abandono en Dios, seguros de su apoyo y de su victoria. La liturgia de este día canta: “O crux, ave, spes unica”, “¡Salve, oh cruz, esperanza única!”». Os sugiero algo que he visto hacer a nuestro Padre: paladear, meditar, hacer muy suyas esas palabras que se repiten en la Semana Santa de modo especial: Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. Quia per sanctam Crucem tuam redemisti mundum!

A la luz de la Resurrección gloriosa, que siguió a la muerte y sepultura de Jesús, los acontecimientos que causan dolor o sufrimiento adquieren su verdadero sentido. Esforcémonos por entenderlo nosotros así, amando en todo momento la Voluntad de Dios, que, aunque no quiere el mal, lo permite para respetar la libertad de los hombres y para hacer brillar más su misericordia. Y tratemos de que lo comprendan muchas otras personas que quizá se muestran confusas o desorientadas.

«Pase lo que pase, Cristo no abandonará a su Esposa». El Señor sigue viviendo en la Iglesia, a la que ha enviado el Espíritu Santo para acompañarla eternamente. «Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad». Y añade nuestro Padre: «Sólo cuando el hombre, siendo fiel a la gracia, se decide a colocar en el centro de su alma la Cruz, negándose a sí mismo por amor a Dios, estando realmente desprendido del egoísmo y de toda falsa seguridad humana, es decir, cuando vive verdaderamente de fe, es entonces y sólo entonces cuando recibe con plenitud el gran fuego, la gran luz, la gran consolación del Espíritu Santo».

El día 23 de este mes, celebraremos un nuevo aniversario de la Primera Comunión de nuestro Padre. No sé cómo explicaros su alegría, su adoración, su fervor eucarístico en el día del Jueves Santo. Sí puedo deciros que su agradecimiento y su adoración a Jesucristo en la Hostia Santa eran ejemplares: todo le parecía poco, y rogaba al Señor Sacramentado que le enseñase a amar, que nos enseñase a amar.

Hay otras efemérides de la historia de la Obra en este mes; a vuestra curiosidad sana las dejo, para que, como buenas hijas y buenos hijos, sepamos agradecer a la Trinidad Santísima todas sus bondades con nosotros. Ahora, entre otras cosas, los frutos espirituales del viaje que he realizado a Palermo, el pasado fin de semana.

Seguid rezando por el Papa y sus colaboradores, por todas mis intenciones. La consigna que os propongo es la misma de San Josemaría en los comienzos del Opus Dei: Dios y audacia, fe y valentía, con un optimismo enraizado en la esperanza. Intensifiquemos el apostolado de amistad y confidencia propio de la Obra, sin respetos humanos, fundamentado en una vida de oración y de sacrificio, en un trabajo profesional cumplido del mejor modo posible. Y el Señor hará todas las cosas antes, más y mejor de lo que podamos imaginar.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de abril de 2010.

San Josemaría, Carta a don Francisco Morán, 15-V-1935 (cfr. A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 546).

Cfr. Flp 2, 6-11.

Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

Ibid.

San Josemaría, Forja, n. 418.

San Josemaría, Vía Crucis, VI estación.

San Josemaría, Homilía El fin sobrenatural de la Iglesia, 28-V-1972.

Jn 15, 18-20.

San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

Ap 6, 9-10.

Ibid., 11.

Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 8-IV-2009.

Ibid.

San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 102.

Ibid., n. 137.

Guardería en Ciudad Real

Acabo de hablar con un buen amigo mío que trabaja en una guardería en Ciudad Real. Se llama Kid’s Garden de Ciudad Real, porque ahora a las guarderderías las llaman Kid’s Gardens, también en Ciudad Real.

Buscando información sobre guarderías, encuentro este vídeo de una madre de cuatro hijas que dirige una guardería en Puerto Rico. En el vídeo cuenta cómo le han ayudado los consejos sobre la vida matrimonial que recibió del Prelado del Opus Dei durante la tertulia.

Y veo que también hay guarderías en las que trabaja gente del Opus Dei en algunos colegios de la web de mi hermana: Colegio Los Pinos, Quito, Colegio Intisana, Quito y Colegio las Tablas, Madrid, Fomento

Se ve que hay gente del Opus Dei en todos sitios: en una guardería de Ciudad Real (o de otros sitios), en una carnicería y conduciendo autobuses.

Carta del Prelado (enero 2010)

El nacimiento del Señor da paso con el nuevo año a un desafío: “mostrar a Cristo a los demás, ser altavoz de las enseñanzas de la Iglesia”, dice el Prelado del Opus Dei en su primera carta de 2010.

01 de enero de 2010

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Durante los días pasados, la Iglesia nos ha invitado a recorrer una y otra vez el camino de Belén, para adorar y dar gracias a Jesucristo. Todo ha girado en torno a Él, en esta primera semana del tiempo de Navidad. Los demás personajes de la escena —la Virgen y San José, en primer lugar—, quedaban en un segundo plano, porque el Protagonista principal es Nuestro Señor, el Hijo eterno del Padre —Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero—, que se ha hecho verdadero hombre por nosotros y por nuestra salvación. Ahora, al comenzar el nuevo año, se nos invita a fijarnos en los otros personajes de la Navidad; en la Virgen María, en primerísimo lugar; y, junto a Ella, inseparable de Ella, en San José.

Hoy, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, se nos llena el alma de admiración y de gozo, al dirigir a Nuestra Señora esta invocación, raíz de todas las gracias con que el Omnipotente enriqueció a la que, desde la eternidad, había elegido como Madre de su Hijo, según la naturaleza humana. Por ese título, fue concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, sólo Dios[1]. Así lo ha querido el Señor, así lo enseña la Iglesia, así lo creemos los cristianos. No hay peligro de exagerar, escribe San Josemaría. Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima[2].

Hoy se nos presenta una ocasión estupenda para dar un nuevo impulso a nuestro trato filial con la Virgen y agradecerle su desvelo materno por nosotros. María conduce siempre a Jesús, como les sucedió a aquellos personajes del Oriente, los Reyes Magos, a quienes una estrella acompañó hasta Belén para adorar al Mesías que acababa de nacer. ¿Y dónde lo encontraron? San Mateo lo refiere con enorme sencillez: entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra[3]. ¿Nos empeñamos en ser más de María, para pertenecer enteramente a Dios? ¿Repetimos con sinceridad aquellas palabras que pronunciaba nuestro Padre: ¡Madre de Dios y Madre nuestra!?

La segunda parte de la Navidad, que hoy comenzamos, sin dejar de seguir centrada en Jesús, nos presenta las consecuencias de la encarnación y nacimiento del Señor. De modos diversos, se nos recuerda que Dios ha tomado nuestra naturaleza para que todos los hombres y mujeres lleguen a ser hijos e hijas de Dios. Así se resume la nueva que —según el anuncio de los ángeles a los pastores— era para todo el pueblo[4]; no sólo se dirigía a la casa de Israel, sino a la humanidad entera, a la que Dios ha querido convocar en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo. Lo había anunciado el profeta, muchos siglos antes, cuando escribió: ¡Levántate, resplandece, que llega tu luz, y la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira que las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad, los pueblos, pero sobre ti amanece el Señor, sobre ti aparece su gloria. Las naciones caminarán a tu luz, los reyes, al resplandor de tu aurora. Alza tus ojos y mira alrededor: todos ellos se congregan, vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos, tus hijas abrazadas a su costado. Entonces, mirarás y te pondrás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón, pues la abundancia del mar se volcará sobre ti, llegará a ti la riqueza de las naciones. Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y Efá, todos vendrán de Sabá cargados de oro e incienso, y pregonando alabanzas al Señor[5].

Esta profecía se cumplió «cuando los tres Magos, llamados desde un país lejano, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de esta estrella —explica San León Magno— nos invita a imitar su obediencia y a hacernos también, en la medida de nuestras posibilidades, los servidores de esta gracia que llama a todos los hombres a Cristo»[6].

La Epifanía nos habla de la fiesta de la humanidad entera, pues manifiesta que todos los pueblos y naciones quedan convocados a formar parte del Pueblo de Dios; e, inseparablemente, se alza como una llamada al sentido de responsabilidad de los cristianos, con quienes el Señor desea contar para que lleven hasta el extremo de la tierra la buena nueva. Como explica el Papa San León, «animados por este celo, debéis aplicaros a ser útiles los unos a los otros, a fin de brillar como hijos de la luz (cfr. Ef 5, 8)  en el reino de Dios, al que se llega por la fe recta y las buenas obras»[7].

Han transcurrido veinte siglos desde que ese misterio fue revelado y realizado en Cristo, pero aún no se ha cumplido plenamente[8], señala el Romano Pontífice. La misión de la Iglesia continúa realizándose hasta el final de los siglos, porque cada época histórica, cada país, cada nueva generación, ha de ser conducida a Cristo. La escena de la Epifanía resulta perennemente actual. Ante este panorama, Benedicto XVI se pregunta: ¿en qué sentido, hoy, Cristo es aún lumen gentium, luz de los pueblos? ¿En qué punto se encuentra —si se puede hablar así— este itinerario universal de los pueblos hacia Él? ¿Está en una fase de progreso o de retroceso? Y también: ¿quiénes son hoy los Magos? ¿Cómo podemos interpretar, pensando en el mundo actual, a estos misteriosos personajes evangélicos?[9].

La respuesta a estas preguntas se halla en manos de cada cristiano. Todo depende de la gracia de Dios; y, al mismo tiempo, todo depende de la correspondencia de los seguidores de Cristo, que hemos de continuar el surco trazado por Nuestro Señor y hecho más hondo por las sucesivas generaciones de fieles, desde los Apóstoles y las mujeres de la primera hora hasta los tiempos actuales. ¿No os llena de alegría considerar que el Señor cuenta con cada una y con cada uno de nosotros, a pesar de nuestra personal debilidad, para anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra?

En la actualidad resulta prioritario impregnar con la doctrina de Cristo algunos ámbitos particulares. Pienso sobre todo en las tareas de los gobernantes, de los científicos e investigadores, de los profesionales de la opinión pública, etc.; pero todos los hombres y mujeres tienen —tenemos— necesidad de escuchar la voz del Señor y de seguirla. Para esto es preciso pedir a Dios —con humildad, con insistencia, con confianza— que abra a su luz las inteligencias y los corazones. También hoy muchos y muchas han de poder decir: hemos visto su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle[10]. Y lo manifestarán si los que creemos en Cristo nos acercamos a ellos con sincera amistad, impregnada de caridad y comprensión, de simpatía también humana, avalada por la oración y el sacrificio; y también con agradecimiento por el bien que realizan.

Lo que maravilla en la actitud de los Magos —comenta Benedicto XVI—,es que se postraron en adoración ante un simple niño en brazos de su madre, no en el marco de un palacio real, sino en la pobreza de una cabaña en Belén (cfr. Mt 2, 11). ¿Cómo fue posible? ¿Qué convenció a los Magos de que aquel niño era “el rey de los judíos” y el rey de los pueblos? Ciertamente los persuadió la señal de la estrella, que habían visto “al salir”, y que se había parado precisamente encima de donde estaba el Niño (cfr. Mt 2, 9). Pero tampoco habría bastado la estrella, si los Magos no hubieran sido personas íntimamente abiertas a la verdad. A diferencia del rey Herodes, obsesionado por sus deseos de poder y riqueza, los Magos se pusieron en camino hacia la meta de su búsqueda, y cuando la encontraron, aunque eran hombres cultos, se comportaron como los pastores de Belén: reconocieron la señal y adoraron al Niño, ofreciéndole los dones preciosos y simbólicos que habían llevado consigo[11].

Insistamos en considerar que Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (cfr. Lc 2, 9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios[12].

Ésta es la tarea del cristiano que desea ser coherente con su vocación: mostrar a Cristo a los demás, ser altavoz —primero con el ejemplo, pero también con la palabra oportuna— de las enseñanzas de la Iglesia, especialmente en los temas más debatidos en la opinión pública: el respeto a la vida humana en todas sus fases; el deber de procurar que las leyes civiles fomenten y protejan la verdadera naturaleza de la familia establecida por el Creador, basada sobre el matrimonio indisoluble de un hombre con una mujer, abierta a la vida; el derecho a elegir para los hijos un modelo educativo que responda al ideario espiritual y moral de cada uno, etc.

No penséis, sin embargo, que esta labor está reservada a quienes trabajan o se mueven directamente en esos ambientes. Como os mencioné recientemente, tomando un pensamiento de nuestro Padre, a sumar se comienza por uno, y después se añade otro, y otro… Es eficacísimo el apostolado personal de cada uno en el ámbito donde habitualmente se desenvuelve su existencia ordinaria. Por eso, conviene que nos detengamos, en el examen de conciencia, sobre cómo hemos sabido ayudar a las almas para que se avecinen a Dios: qué oración, qué sacrificios, cuántas horas de trabajo bien acabado hemos ofrecido, qué conversaciones hemos mantenido —oralmente, por escrito, aprovechando todos los medios a nuestro alcance— con amigos, parientes, compañeros, conocidos. Y hablemos de esta santa preocupación en la dirección espiritual personal, para que nos ayuden e impulsen en el apostolado, que es deber de todo cristiano.

Pocos días después de la Epifanía celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Si la manifestación del Mesías a los Magos preanunciaba el designio salvífico universal de Dios, en el Bautismo del Jordán ese designio comienza ya a cumplirse. Como explican los Padres de la Iglesia, «el Salvador, con el misterio de su bautismo, consagró las aguas de todas las fuentes»[13]. A partir de ese momento, convertida en instrumento y signo de santificación, el agua bautismal, con la eficacia que le confiere la invocación de la Santísima Trinidad, tiene en sí la virtud de perdonar todos los pecados.

La epifanía es un misterio que guarda muchas facetas. La liturgia recuerda la manifestación de Cristo no sólo a los Magos o durante su Bautismo en el Jordán, sino también en Caná de Galilea, cuando convierte el agua en vino. Este año, en el evangelio del segundo domingo del Tiempo ordinario, se destaca la figura de la Madre de Jesús[14]. Con su intercesión en favor de los hombres, María “obliga” en cierto modo a Jesús a adelantar “la hora” de su manifestación mesiánica, favoreciendo así la fe de los primeros discípulos. Acudamos a Ella para que despierte también nuestra fe, frente a los desafíos apostólicos —¡maravillosos desafíos!— en los que los cristianos estamos metidos.

Escuchemos la recomendación de nuestro Padre: Si nuestra fe es débil, acudamos a María. Por el milagro de las bodas de Caná, que Cristo realizó a ruegos de su Madre, creyeron en Él sus discípulos (Jn 2, 11). Nuestra Madre intercede siempre ante su Hijo para que nos atienda y se nos muestre, de tal modo que podamos confesar: Tú eres el Hijo de Dios.

— ¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea![15].

Dentro de pocas fechas es un nuevo aniversario del nacimiento de San Josemaría. Hablando de modo humano, resulta lógico que tratemos de ofrecerle algún obsequio; ¿y qué mejor “regalo” que el deseo de acrecentar nuestro afán apostólico, con obras concretas que manifiesten ese celo por la salvación de las almas, que Jesucristo ha encendido en nuestro corazón? Luego, mediado ya el mes de enero, el tradicional octavario de oración por la unidad de los cristianos nos brindará una nueva ocasión para pedir al Paráclito que los esfuerzos ecuménicos del Santo Padre Benedicto XVI —y, con él, de todos los cristianos— obtengan el fruto deseado.

Gracias a Dios, el incidente que sufrió el Papa en la noche de Navidad no ha tenido consecuencias. En una visión de fe, hemos de considerarlo como una llamada de la Providencia, para que nuestra oración por el Romano Pontífice sea más constante y más intensa.

Mis intenciones siguen siendo muy numerosas. Vayamos todos a una en este año que comienza, con unidad de oración y de intenciones, para que el Señor, por la intercesión de su Santísima Madre, nos conceda todo lo que le pedimos.

Días atrás, por varios motivos, he podido acercarme a Suiza. Como siempre, he viajado con todas y con todos. Tuve la oportunidad de rezar en Einsiedeln, lugar mariano que visitó muchas veces San Josemaría y también el queridísimo don Álvaro. A los pies de la Virgen puse fuertemente vuestra vida, para que queramos y sepamos transformarla en Opus Dei, ofrecida a Dios con una sinceridad continuada.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de enero de 2010.

[1] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 276.

[2] Ibid.

[3] Mt 2, 11.

[4] Lc 2, 10.

[5] Is 60, 1-6.

[6] San León Magno, Homilías sobre la Epifanía 3, 5 (PL 54, 244).

[7] Ibid.

[8] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Epifanía, 6-I-2007.

[9] Ibid.

[10] Mt 2, 2.

[11] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Epifanía, 6-I-2007.

[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 33.

[13] San Máximo de Turín, Homilía 13 A, 3 (CCL 23, 46).

[14] Cfr. Misal Romano, Domingo II del Tiempo ordinario (C), Evangelio (Jn 2, 1-11).

[15] San Josemaría, Santo Rosario, Comentario al segundo misterio de luz.

Carta del Prelado (diciembre 2009)

Diciembre ofrece muchas oportunidades para prepararse al nacimiento de Jesús: la decoración de las calles, la liturgia, las alegrías y penas del día a día, nuestros logros e incluso los propios errores. Así lo señala el Prelado del Opus Dei en su carta de este mes.

03 de diciembre de 2009

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Se avecina otra vez, con su novedad maravillosa, la Navidad; una fiesta que se celebra en casi todas partes; también en lugares donde apenas se conoce a Cristo. Para muchos —y causa pena—, se limita a una ocasión de hacer y recibir regalos, de tomarse unos días de descanso, o, sencillamente, de pasar más tiempo en familia. Los que hemos recibido el don de la fe, conocemos el verdadero significado de esta celebración: cada Navidad ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma[1].

Así nos lo recuerda la Iglesia repetidamente, a lo largo de estas semanas de preparación. Al comenzar el Adviento nos invitaba: vayamos con alegría al encuentro del Señor[2]. Y el Papa Benedicto XVI explica que la razón por la cual podemos caminar con alegría (…) es que ya está cerca nuestra salvación. El Señor viene. Con esta certeza emprendemos el itinerario del Adviento, preparándonos para celebrar con fe el acontecimiento extraordinario del Nacimiento del Señor. Durante las próximas semanas, día tras día, la liturgia propondrá a nuestra reflexión textos del Antiguo Testamento, que recuerdan el vivo y constante deseo que animó en el pueblo judío la espera de la venida del Mesías. También nosotros, vigilantes en la oración, tratemos de preparar nuestro corazón para acoger al Salvador, que vendrá a mostrarnos su misericordia y a darnos su salvación[3].

Esforcémonos para seguir este consejo del Santo Padre, leyendo con atención los textos litúrgicos y meditándolos en la oración personal. Y os pido aún más: esforcémonos cada uno, singularmente, para lograr que se recupere el sentido cristiano de estas fechas en la sociedad. No consideremos esta aspiración como una utopía. Nuestro Padre solía comentar que “a contar, se comienza por uno”, y luego se continúa. Quizá rememoraba lo que hubo de hacer cuando el Señor puso la Obra en su alma, en sus manos. Y ese celo —el suyo— de los principios creció siempre en su actitud de permanente apostolado. Asimilemos esta disposición, porque todos podemos trabajar en la recristianización de este mundo nuestro. Cada una y cada uno a su alrededor, de modo semejante a la piedra caída en el agua, que causa una onda, y después otra, y otra…[4].

Ante la llegada del Señor, que viene a instaurar en el mundo la justicia y la paz, las expresiones de la Sagrada Escritura rebosan de júbilo. Mirad que vienen días —oráculo del Señor—, en que cumpliré la buena promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquel tiempo suscitaré a David un brote justo, que ejerza el derecho y la justicia en la tierra[5].

Esta venida del Señor será siempre actual, porque visita esta tierra especialmente con la celebración diaria del Santo Sacrificio de la Misa, y sale a nuestro encuentro con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad. De muchas maneras espirituales se acerca a nosotros a lo largo del año litúrgico; ahora, con la solemnidad del tiempo natalicio. Es tan fuerte su presencia que, aunque en algunos lugares intenten silenciarla, salta a la vista una realidad clara: el mundo “se para” porque es la Navidad. Cobra todo su relieve el canto del salmo: alégrense los cielos y exulte la tierra, brame el mar y cuanto lo llena; que se gocen los campos y cuanto hay en ellos. Entonces exultarán todos los árboles del bosque ante el Señor, que ya viene[6].

Hace veinte siglos, la llegada de Dios al mundo se realizó silenciosamente. Sólo los ángeles y un pequeño grupo de personas humildes —los pastores— compartieron con la Virgen y San José el gozo del nacimiento del Redentor. También ahora la constante venida del Señor se realiza en el silencio. Pero donde hay fe, donde su palabra se anuncia y se escucha, Dios reúne a los hombres y se entrega a ellos en su Cuerpo, los transforma en su Cuerpo. Él “viene”. Y, así, el corazón de los hombres se despierta. El canto nuevo de los ángeles se convierte en canto de los hombres que, a lo largo de los siglos, y de manera siempre nueva, cantan la llegada de Dios como niño y se alegran desde lo más profundo de su ser[7].

Tratemos de dar pleno sentido a los signos externos de estos días cristianamente festivos. Pongamos empeño —insisto— en devolver al ambiente de estas semanas su genuino significado. Siempre es posible, por ejemplo, difundir las tradicionales costumbres espirituales y devocionales propias de estas fechas: poner el Nacimiento en el hogar; visitar los belenes que se colocan en las iglesias y en otros lugares, quizá en compañía de otros miembros de la familia; destacar el sentido espiritual del árbol de Navidad y de los regalos propios de estas fechas, que son un modo de recordar que del árbol de la Cruz proceden todos los bienes…

En el segundo domingo de Adviento nos topamos de nuevo con la llamada al gozo sobrenatural ante el inminente Nacimiento de Jesús. En esta ocasión, el profeta Baruc se dirige a Jerusalén —figura del alma que espera en el Señor— y le anuncia: quítate el vestido de luto y de tu aflicción y vístete de gala, de la gloria que Dios te otorga para siempre. Envuélvete con el manto de la justicia de Dios, ponte en la cabeza la corona gloriosa del Eterno[8]. El Señor nos promete una alegría plena y eterna, que no se acabará nunca, si nos esmeramos en cumplir con amor sus mandamientos; si volvemos a Él una vez y otra mediante el arrepentimiento, cuando no hayamos sabido comportarnos como hijos buenos. La alegría, el optimismo sobrenatural y humano —escribe San Josemaría—, son compatibles con el cansancio físico, con el dolor, con las lágrimas —porque tenemos corazón—, con las dificultades en nuestra vida interior o en la tarea apostólica[9]. ¿Sacamos partido de estas y de otras circunstancias personales para dar buena acogida al Señor? ¿Con qué devoción acudimos a Santa María y a San José, para que nos ayuden en nuestro caminar hacia Belén?

Incluso nuestras miserias personales —los pecados y faltas de los que no está exenta ninguna criatura en la tierra— han de servirnos de trampolín para lanzarnos con más confianza y amor a Dios Nuestro Señor, que nos ofrece constantemente su perdón, especialmente en el sacramento de la Penitencia. No cabe olvidar que el optimismo cristiano no es un optimismo dulzón, ni tampoco una confianza humana en que todo saldrá bien. Es un optimismo que hunde sus raíces en la conciencia de la libertad y en la seguridad del poder de la gracia; un optimismo que lleva a exigirnos a nosotros mismos, a esforzarnos por corresponder en cada instante a las llamadas de Dios[10]. De este modo se aposenta en nuestras almas la verdadera alegría, que se identifica con el gozo de estar con el Señor. Era muy hondo el contento de nuestro Padre, mientras esperaba que Cristo llegase a nosotros en Navidad.

Toda esta alegría se ha cumplido plenamente en la Santísima Virgen, como nos recuerda la solemnidad de la Inmaculada Concepción. En esa gran fiesta, la Iglesia pone en labios de nuestra Madre unas palabras del profeta Isaías: reboso de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con ropaje de salvación, me ha envuelto con manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas[11].

¡Qué júbilo debe producirnos ver a la Virgen tan cerca de Dios, glorificada en alma y cuerpo, y al mismo tiempo tan próxima a nosotros! Desde el Cielo, cuida de cada una y de cada uno, sigue nuestros pasos y nos alcanza de su Hijo todas las gracias que necesitamos. Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos en María, comenta el Papa. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque Ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creadora[12].

La alegría litúrgica del Adviento estalla de modo incontenible al llegar la tercera semana, en el domingo llamado Gaudete a causa de las palabras con las que comienza la antífona de entrada: Gaudete in Domino semper: iterum dico, gaudete. Dominus enim prope est[13]; alegraos siempre en el Señor, os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. Viene a salvarnos de nuestros pecados; ésta es la raíz del característico alborozo de la Navidad. Canta de gozo, hija de Sión, alborózate, Israel, alégrate y disfruta de todo corazón, hija de Jerusalén. El Señor revocó tu sentencia, echó fuera a tus enemigos; el Señor, Rey de Israel, está en medio de ti[14].

En ocasiones, a la vista de las penas y desgracias que afectan a gran parte de la humanidad, podría insinuarse en el alma la tentación de la tristeza, del pesimismo, o al menos del desánimo. Hay muchas situaciones de violencia y de injusticia que es preciso remediar; son innumerables las personas que, en el mundo entero, carecen de lo más necesario para llevar una vida humana digna. Y, sobre todo, ¡hay tanta falta de amor en los corazones, tanto olvido de Dios, tantos egoísmos más o menos encubiertos! Nada de esto, sin embargo, debe apabullar a un hombre o a una mujer de fe. Al contrario, ha de impulsarnos a redoblar los esfuerzos, con la ayuda de la gracia, para sembrar con más abundancia la caridad en las relaciones humanas. María lleva la felicidad del Cielo a la casa de Isabel; tú y yo, ¿cómo actuamos para que los demás se beneficien de la cercanía de Jesús?

Escuchemos el consejo que daba San Josemaría: reconozcamos nuestras enfermedades, pero confesemos el poder de Dios. El optimismo, la alegría, el convencimiento firme de que el Señor quiere servirse de nosotros, han de informar la vida cristiana. Si nos sentimos parte de esta Iglesia Santa, si nos consideramos sostenidos por la roca firme de Pedro y por la acción del Espíritu Santo, nos decidiremos a cumplir el pequeño deber de cada instante: sembrar cada día un poco. Y la cosecha desbordará los graneros[15].

Miremos el ejemplo de la Virgen. ¿Qué relevancia tenía a los ojos humanos una doncella, casi una niña, de un lugar tan desconocido como Nazaret? Y, sin embargo, Dios se fijó en Ella y la convirtió en Madre del Verbo encarnado y redentor. Contemplémosla otra vez en la escena de la Visitación a Santa Isabel, como nos propone el IV Domingo de Adviento en el Evangelio. El cántico del Magnificat, fruto del trato habitual de Nuestra Señora con Dios, alimentado por su familiaridad con la Sagrada Escritura, se nos revela como un canto de absoluta confianza en el poder de Dios y, por tanto, repleto de un júbilo santo.

Nuestra Madre ha meditado largamente las palabras de las mujeres y de los hombres santos del Antiguo Testamento, que esperaban al Salvador, y los sucesos de que han sido protagonistas. Ha admirado aquel cúmulo de prodigios, el derroche de la misericordia de Dios con su pueblo, tantas veces ingrato. Al considerar esta ternura del Cielo, incesantemente renovada, brota el afecto de su Corazón inmaculado: mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío; porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava (Lc 1, 46-48). Los hijos de esta Madre buena, los primeros cristianos, han aprendido de Ella, y también nosotros podemos y debemos aprender[16].

Hagamos nuestra la lección de María. El Señor ha dado a los cristianos el mundo por heredad[17], y estamos seguros de que su palabra se cumplirá con nuestra colaboración, porque Él ha querido —en su bondad— contar con cada uno de nosotros. Por eso hemos de ser optimistas, pero con un optimismo que nace de la fe en el poder de Dios —Dios no pierde batallas—, con un optimismo que no procede de la satisfacción humana, de una complacencia necia y presuntuosa[18].

Sigamos rezando por el Papa, por sus colaboradores en el gobierno de la Iglesia, por los obispos y sacerdotes. Especialmente en este Año sacerdotal roguemos que el Señor conceda a la Iglesia muchos ministros santos. Como explicaba el Santo Cura de Ars a sus feligreses, «el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús. Cuando veáis a un sacerdote, pensad en Nuestro Señor Jesucristo»[19].

En los días pasados realicé un viaje a Córdoba, invitado por el Administrador Apostólico para hablar al clero de la Diócesis en el contexto del Año sacerdotal, y para bendecir juntos la imagen de San Josemaría que se ha colocado en la parroquia de San Nicolás; en ese templo, nuestro Fundador rezó el 20 de abril de 1938, durante su primer viaje a esa ciudad andaluza. También tuve ocasión de reunirme con muchísimas personas —hombres y mujeres, jóvenes y personas mayores— que participan en la labor apostólica del Opus Dei. Luego marché a Pamplona, y desde ahí he regresado a la Ciudad Eterna. Como siempre, he realizado estos viajes muy unido a cada uno de vosotros y a los viajes de nuestro Padre, dando gracias a Dios porque la semilla que San Josemaría sembró en solitario ha crecido de modo admirable, por la fuerza de la gracia de Dios.

Con todo cariño, os bendice y os desea una santa y feliz Navidad

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de diciembre de 2009.

[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 12.

[2] Misal Romano, Domingo I de Adviento (A), Salmo responsorial.

[3] Benedicto XVI, Homilía en el Domingo I de Adviento, 2-XII-2007.

[4] Cfr. San Josemaría, Camino, n. 831.

[5] Misal Romano, Domingo I de Adviento (C), Primera lectura (Jr 33, 14-15).

[6] Misal Romano, Natividad del Señor, Misa de medianoche, Salmo responsorial (Sal 95 [96] 11-13).

[7] Benedicto XVI, Homilía en la Natividad del Señor, 25-XII-2008.

[8] Misal Romano, Domingo II de Adviento (C), Primera lectura (Ba 5, 1-2).

[9] San Josemaría, Forja, n. 290.

[10] San Josemaría, Forja, n. 659.

[11] Misal Romano, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Antífona de entrada (Is 61, 10).

[12] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Inmaculada, 8-XII-2005.

[13] Misal Romano, Domingo III de Adviento, Antífona de entrada (Flp 4, 4-5).

[14] Misal Romano, Domingo III de Adviento (C), Primera lectura (So 3, 14-15).

[15] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 160.

[16] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 241.

[17] Cfr. Sal 2, 8.

[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 123.

[19] Santo Cura de Ars, cit. en A. Monnin, Spirito del Curato d’Ars, Ed. Ares 2009, p. 79.

“falta es recuperar la parte del mundo que nos han quitado”

¿relación con dios? venga no me ****….XDDDDDD no, en serio. yo he ido a colegio del opus y no son mala gente, pero viven en otro mundo.

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Pues yo trabajo en un colegio “del Opus”(que por cierto, no es del Opus Dei, sino de unos matrimonios que lo fundaron y ni siquiera todos son de la Obra) y efectivamente, la gente que sólo conoce al Opus Dei a través de los colegios conocen bastante poco.

No saben que en el Opus Dei hay bomberos, ni viejitas pobres en colonias marginadas, ni uno que otro barman o campesino.

Y algunos de los que tratamos a diario nos dicen que no somos de este mundo porque no hacemos (o luchamos por no hacer) lo que muchos hacen: mentir, robar, ignorar la miseria humana, etc. Hoy precisamente hablaba de ello con mi hermano que es Agregado del Opus Dei y me comentaba las puertas que se le cierran en su negocio por la corrupciòn que desgraciadamente impera en mi país. Hace poco mas de un mes estuvo por aquí el Prelado de la Obra y refrendó ese compromiso por vivir de acuerdo a la doctrina de Jesucristo, aun a costa de las críticas o la discriminación.

Sí somos de este mundo, lo que falta es recuperar la parte del mundo que nos han quitado.

Saludos desde México!

Homilía del Mons. Javier Echevarría en las ordenaciones de Torreciudad (6.9.2009)

Queridísimos ordenandos, queridísimos hermanos en el sacerdocio, queridísimos hermanos y hermanas. Hay en la Iglesia muchas oraciones de alabanza a la Santísima Trinidad. Una de éstas, más conocida por el Trisagio Angélico, repite unas palabras prácticamente con periodos continuos, que dicen: “Tibi laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio in saecula sempiterna, oh Beata Trinitas”. A ti, Trinidad Beatísima, toda la alabanza, toda la gloria, toda la acción de gracias. Hagámonos siempre, y hoy de modo especial, con este modo de dirigirnos a la Trinidad Beatísima porque constantemente nos auxilia con su providencia ordinaria y extraordinaria. Vivimos, respiramos, tenemos capacidad de trabajar, capacidad de amar, precisamente por esa asistencia, por esa cercanía de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo, Dios Uno y Trino. Un misterio para nosotros inabordable, y al mismo tiempo, que llena de tanto consuelo porque nos sentimos hijas e hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y seguidos por la acción santificadora del Espíritu Santo.Os decía que hoy es un día muy apropiado para que, con motivo de nuestra presencia de Dios a lo largo de la jornada, invoquemos a la Trinidad y le demos gracias por los dones que recibimos, concretamente el don del sacerdocio para estos dos hermanos nuestros. En la Iglesia, tal y como quiere Jesucristo, tenemos que ser todas y todos, personas rezadoras, personas que saben que su vida puede transformarse en diálogo con el Señor sin que haya interrupción porque Él, ese Dios Uno y Trino, no deja nunca de mirarnos. Pero además, hoy, metido en el Año Sacerdotal que estamos viviendo por deseo de Benedicto XVI, es muy oportuno que se eleve de toda la Iglesia una oración constante por los sacerdotes. Empezamos por el Supremo Pastor, una oración por el Papa que tiene que ser una oración afectuosa de unión y de sostenimiento para todo su trabajo incansable que está realizando. Cómo no recordar que, en su humildad, al comenzar el Pontificado, de manera continuada nos dijo, extendiendo su mano y extendiendo su deseo de que no le dejemos a solas: “Rezad por mí, rezad por mí, rezad por mí…”. Es bueno que consideremos si realmente todos los días viene a nuestra alma la necesidad de pedir por el Romano Pontífice, por este Supremo Pastor que, podemos tener la más absoluta seguridad, en toda su acción pastoral, en toda su acción de Supremo Pastor, nos sigue a todas, a todos, a cada una y a cada uno.Igualmente, es lógico que elevemos nuestra oración pidiendo por todos los obispos, los sucesores de los apóstoles, para que sean fieles seguidores de Jesucristo, y para que actúen constantemente en el nombre del Señor, con ese mandato que dio a aquellos primeros Doce: “Id y predicad a la gente…”, con la vida, no solamente con la palabra, con la vida, “siempre en mi Nombre”. Y es lógico que nos detengamos en este día para pedir por el Obispo de esta diócesis, de forma que note la asistencia también de los que hoy os encontráis en este territorio, Barbastro, que está bajo su jurisdicción. Os pido que recemos todos devotamente por todos los sacerdotes. Hay una costumbre en muchas naciones de América Latina, que podemos incorporar, para nuestro beneficio personal, a nuestra oración diaria. En esos lugares, después de la Bendición con el Santísimo, cuando se rezan las peticiones para reparar por las ofensas que a Dios se hacen, repiten con devoción, como una necesidad, una urgencia del alma de todas las personas que participan: Señor, danos sacerdotes santos… Y lo dicen por tres veces: Señor, danos sacerdotes santos; Señor, danos sacerdotes santos… Depende, también, de la oración del pueblo. Es verdad que es el Señor quien llama, pero también es verdad que si el Pueblo de Dios se une en oración pidiendo al Señor, a la Trinidad Santísima, que nos envíe sacerdotes santos, forzaremos esa Voluntad divina para que no falten hombres que se decidan a emprender este camino y que quieran actuar constantemente con el único sacerdocio que hay, el sacerdocio de Cristo.

Y oración por todo el Pueblo de Dios, por todas las mujeres y por todos los hombres, sin olvidar que todas y todos tenéis alma sacerdotal, participáis en ese sacerdocio real de Cristo que tiene que ser para vosotras y para vosotros un acicate para crecer en vuestra propia personal vida interior, que tiene que ser también un empujón para que no desdeñemos el espíritu de penitencia propio de las personas que aman. No hay amor sin sacrificio, no hay amor. Y lo vemos hasta en el amor humano: donde falta sacrificio, falta el verdadero amor, el auténtico amor. Y tenéis que vivir también con esa preocupación por todas las almas del mundo entero, llegándoos con vuestra vida, que podemos, llegándonos con nuestra vida… Pero concretamente me refiero a las mujeres y a los hombres del Pueblo de Dios que con su vida pueden y deben llegar a los cuatro puntos cardinales, implorando la ayuda por los que son nuestros hermanos, implorando también la ayuda para que aquellos que no conocen a Cristo, lo conozcan.

Hoy, vuelvo a repetir, es un día muy señalado. Estamos recorriendo este Año Sacerdotal también bajo la protección del Santo Cura de Ars. Un hombre que trabajó en un rinconcito perdido de su tierra, de Francia. ¿Qué era Ars en comparación con la extensión de Europa? ¿Qué era Ars en comparación de los cinco continentes? Un rincón. Y sin embargo, la vida de aquel santo sacerdote, a quien tanto veneraba San Josemaría Escrivá, era un punto de ignición para el mundo entero. Desde su confesionario -no dejemos de fomentar en nosotros y en las personas que tratamos, la práctica de la confesión-, desde su confesionario, desde su altar, iba poniendo, con la piedad de quien ama a Dios por encima de todas las cosas, a todas y a cada una de las personas del mundo entero. Y por eso ha sido nombrado con toda lógica, pastor y patrono de todos los confesores. Pues hoy es un día muy extraordinario, fiesta para toda la Iglesia, por la ordenación de estos hermanos nuestros. Un día en los que tenemos que tocar esa nota que define a la Iglesia y que recitamos en el Credo, Ecclesiae Una. Tenemos que sentirnos hermanados, pero hermanados en el espíritu y también en la vida corriente con todas las personas del mundo entero. Que ese decir en el Credo “credo et unam sanctam, catolicam et apostolicam Ecclesiam” no se quede en palabras.

Hermanas y hermanos míos, demos más contenido a la oración, demos más fuerza a lo que hacemos, teniendo en cuenta que nuestra oración personal sostiene a toda la Iglesia. Recurramos, insisto también al Cura de Ars, a San Juan María Vianney, para que haya una gran remoción en el mundo a propósito de ese gran sacramento de la Penitencia, que nos abre las puertas de la vida a la gracia, y nos la aumenta cuando lo recibimos bien dispuestos y dirigidos a corregir hasta nuestras más pequeñas faltas.

Y ahora me dirijo a vosotros, queridísimos ordenandos. Os recuerdo lo que se recitará cuando se os entregue la patena con la hostia, el cáliz con el vino. Se os dirá con palabras que tenéis que incorporar a vuestra vida, que hemos de incorporar todos los sacerdotes a nuestra vida cotidiana: “Considera lo que realizas”. Recuerdo perfectamente las muchas veces que San Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei, en su oración constante, se miraba las manos y comentaba en alto, o a veces comentaba entre Dios y él, “que con estas manos pueda yo tocar a Dios, pueda yo dar a Dios…”. Y eso lo llevaba a una mayor oración, a una mayor expiación, y a una mayor alegría, porque qué dicha mayor que la de poder tener a Cristo con nosotros y tan cerca. Pues hijos míos ordenandos, que sí, que imitéis lo que realizáis, que tratéis y conforméis vuestra vida con el ministerio de Cristo en la cruz. No es egoísmo que los sacerdotes pidamos por nuestra santidad personal, porque solo si buscamos al Señor con rectitud de intención, exclusivamente a Él, lo daremos con naturalidad y con urgencia a todas las almas.

Tengo unas palabras aquí de San Josemaría que nos dicen: “En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote, una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas de Dios”. Pidamos por todos los sacerdotes, y que todos los sacerdotes pidamos porque no entorpezcamos, porque no interrumpamos la gracia de Dios, que puede llegar a las almas por nuestra correspondencia fiel. Hijos míos ordenandos, sed unos grandes enamorados de la Santa Misa, del sacramento de la Confesión y de la predicación. Acudid todos los días a ese maestro que hemos tenido aquí en la tierra… Primero a Jesucristo, evidentemente, pero quiere el Señor que sigamos también las pisadas de San Josemaría Escrivá, para que nos empuje a un amor y un trato con la Trinidad que informe todo nuestro quehacer y todo el quehacer de los sacerdotes.

Y no podemos, no debemos olvidar… porque nuestra vida, la vida de todos, tiene que ser litúrgica, y no podemos pasar por alto, escuchar como si fueran palabras que se quedan en el aire, lo que escuchamos en la Misa cuando asistimos, las lecturas… En la Primera Lectura se nos recuerda, se nos recuerda concretamente a los sacerdotes, pero también a todos, “antes de formarte en el vientre de tu madre, antes de que nacieras del seno materno, yo te he elegido…”. Hemos sido elegidos por Dios, y los sacerdotes hemos sido elegidos desde la eternidad para ser sacerdotes de Cristo. Pues recordemos todos, pero concretamente los sacerdotes, esta elección de Dios que nos hace ser otros Cristos, el mismo Cristo en determinados momentos. Y vuelvo a recoger otras palabras fantásticas del Fundador del Opus Dei: “Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Dios nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, cómo considerar el sacerdocio una renuncia. Es una ganancia que no se puede calcular. Sí, es verdad, todos los cristianos, por el alma sacerdotal, y todos los sacerdotes, estamos enamorados de la fuente del amor. No hay renuncia, todo lo contrario, es meternos más en esa intimidad de Dios”.

En la Segunda Lectura, San Pablo nos ha recordado que tenemos que ser, y de modo concretamente los sacerdotes, humildes, amables, comprensivos, sobrellevándonos… Que no significa soportar, soportar es rebajar la asistencia de Dios. Significa colaborar golosísimamente en ayudar a las personas que están a nuestro alrededor, pensando que todos, pero especialmente los sacerdotes, debemos hacer nuestras esas palabras de San Pablo: “mihi vivere Christus est”, ¡mi vivir es Cristo! De forma que todos y todas tengamos la idea clara de que, por el bautismo que hemos recibido, la gente tiene que reconocer en nuestra conducta a ese Cristo que debe informar todas nuestras acciones.

Y finalmente hemos oído las palabras sobre el Buen Pastor. El buen pastor, lo sabemos perfectamente, como buen padre, como buena madre, da su vida por las ovejas. Por todas, por todas, sin hacer discriminación alguna. Pues característica del sacerdote es el servicio generoso, alegre, constante, también en los momentos de cansancio, de lucha personal para estar más cerca de Dios.

No puede faltar mi felicitación a los abuelos, a los padres, a los hermanos, de estos dos ordenandos. Que Dios os bendiga. Ha pasado el Señor por vuestras familias diciéndoos, una vez más, de otro modo particular, cómo os quiere y cómo cuenta con vosotros. No ha acabado vuestra labor, y tenéis que ayudar diariamente para que sean sacerdotes que vivan con Cristo en todo momento. Con la felicitación, el ruego de que recéis por el Opus Dei, para que podamos servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida. Y termino acudiendo a la Madre del sacerdote. Todos somos hijos de María, se nos ha entregado en ese momento crucial y solemne del Calvario. Nos ha dicho, a través de Juan, “ahí tienes a tu Madre”. Pues bien, a vosotros sacerdotes os digo que la tratéis, que la tratemos todos, pero concretamente vosotros dos, que la tratéis más, mucho más, y que como aconsejaba San Josemaría con unas palabras claras: “Llámala, fuerte, fuerte… Te escucha, y te brinda tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias, y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha”.

Así sea.

Carta del Prelado (septiembre 2009)

Ante la experiencia de nuestros errores y las contrariedades del día a día, el Prelado del Opus Dei aconseja acercarse a la Virgen.05 de septiembre de 2009

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Comienza otro mes rico en fiestas de la Santísima Virgen que, como siempre, colman de gozo el corazón de los que nos sabemos hijos suyos. Para mí, además, conserva especiales remembranzas porque fue un 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, cuando pedí la admisión en el Opus Dei. Siempre he considerado que se trató —como es el caso de todos— de una caricia de nuestra Madre en su fiesta.

En una ocasión, al comentar la llamada de los Reyes Magos, que avanzan hacia Belén conducidos por una estrella, nuestro Padre aseguraba: es nuestra misma experiencia. También nosotros advertimos que, poco a poco, en el alma se encendía un nuevo resplandor: el deseo de ser plenamente cristianos; si me permitís la expresión, la ansiedad de tomarnos a Dios en serio. Si cada uno de vosotros se pusiera ahora a contar en voz alta el proceso íntimo de su vocación sobrenatural, los demás juzgaríamos que todo aquello era divino. Agradezcamos a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a Santa María, por la que nos vienen todas las bendiciones del cielo, este don que, junto con el de la fe, es el más grande que el Señor puede conceder a una criatura: el afán bien determinado de llegar a la plenitud de la caridad, con el convencimiento de que también es necesaria —y no sólo posible— la santidad en medio de las tareas profesionales, sociales…[1].

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Una pizzería y una guardería

Dos puertorriqueños relatan en los vídeos las preguntas que hicieron al Prelado del Opus Dei durante la tertulia familiar que tuvieron recientemente en ese país.13 de agosto de 2009

opusdei_pizzero1“Me explicó cómo hacer la pizza con amor a Dios y a las personas”
Él es propietario de una pizzería, y en su pregunta le pidió a Mons. Javier Echevarría que le hablara de cómo podía hacer ver a sus amigos que el trabajo es una vocación. Vídeo

opusdei_puertorico“Inaugurad vuestro matrimonio cada día”
Es madre de cuatro hijas y dirige una guardería en Puerto Rico. En el vídeo cuenta cómo le han ayudado los consejos sobre la vida matrimonial que recibió del Prelado del Opus Dei durante la tertulia. Vídeo

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