el amor al Opus Dei siempre lo llevo en mi corazón

Te quisiera pedir que hablaras de un tema muy especial, y no se si es posible. Yo fui numeraria. Dejé la Obra hace 10 años por razones muy extrañas y con la asesoria de la Directora del Centro. Pero el amor al Opus Dei siempre lo llevo en mi corazón, y la vocación a la santidad y apostolado también.
Entonces el tema que quisiera, si se puede desarrollar, es como vivir todo ese amor y “esa” vocación fuera de la Obra, sin tener los recursos de la dirección espiritual y los medios de formación??? y sin encontrar ese espiritu en otros grupos o comunidades de la Iglesia…??

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Te paso lo que un amigo mío en circunstancias similares ha hecho:
se acercó a una iglesia atendida por sacerdotes de la Obra.
Planteó su caso.
Hoy es hombre que frecuenta a un sacerdote y acude a medios de formación.
Así de simple me parece.

Carta del Prelado del Opus Dei (julio 2010)

Hacer del trabajo una oración a Dios: este es el mensaje principal que la formación que ofrece el Opus Dei recuerda a tantos cristianos. En él profundiza el Prelado en su carta del mes de julio.

04 de julio de 2010

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Han transcurrido treinta y cinco años desde que, el 26 de junio de 1975, Dios llamó a nuestro Padre a gozar para siempre de su presencia en el Cielo. Como en anteriores aniversarios, innumerables personas han acudido a las Misas en honor de San Josemaría, celebradas en el mundo entero con motivo de su fiesta litúrgica. En todas partes se ha levantado hasta el Señor una intensa acción de gracias por haber concedido al mundo y a la Iglesia un pastor como nuestro santo Fundador, que es modelo de conducta cristiana y valioso intercesor en todas nuestras necesidades espirituales y materiales.

Además, la fiesta apenas transcurrida constituye una ocasión para considerar a fondo el mensaje que San Josemaría, por voluntad divina, difundió entre las mujeres y los hombres: que, con la ayuda de la gracia, podemos y debemos alcanzar la santidad —es decir, la perfección de la caridad, la unión plena con Dios— a través de la realización fiel y acabada del trabajo profesional y en medio de las demás circunstancias ordinarias de la vida.

Profundicemos en lo que constituye el núcleo de esta enseñanza: la necesidad de esforzarse por convertir el trabajo —cualquier trabajo, manual o intelectual— en verdadera oración. El Evangelio afirma claramente la necesidad de orar siempre y no desfallecer[1]; y San Pablo, haciéndose eco de esta enseñanza, añade: sine intermissione orate[2], orad sin interrupción. La recomendación tiene la fuerza de un mandato. Pero no sería posible llevarlo a la práctica, si lo interpretásemos equivocadamente en el sentido de que es preciso estar constantemente rezando, vocal o mentalmente; actuación imposible en nuestra actual condición terrena. La realización de las tareas que nos ocupan —familiares, profesionales, sociales, deportivas, etc.— exige muchas veces una atención completa de nuestra memoria y de nuestra inteligencia, un firme empeño de nuestra voluntad; y esto sin tener en cuenta la necesidad de dedicar al sueño las horas necesarias. Recuerdo a este propósito la gran alegría de San Josemaría cuando, después de haber enseñado durante años que hasta el sueño podemos convertirlo en oración, leyó un texto de San Jerónimo en el que se expresa la misma idea[3].

Pero hemos de considerar en su verdadera hondura esa urgencia del Maestro. Nos invita a vivificar la entera existencia humana, en todas sus dimensiones, con el afán de transformarla en plegaria: una oración continua, como el latir del corazón[4], aunque con frecuencia no se exprese en palabras. Así lo enseñó San Josemaría a sus hijas e hijos, y a todas las personas que desean santificarse según el espíritu de la Obra. Repetía: el arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración y tenemos alma contemplativa[5].

Convertir el trabajo en oración. Este intento diario de conducirnos como mujeres y hombres contemplativos, en las más diversas circunstancias de la existencia, nos señala la meta elevada, como la santidad, que —convenzámonos— se convierte en asequible con la ayuda de la gracia. «Es preciso vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través de su trabajo»[6], declaraba el Papa a propósito de la figura de San José. Sólo situando el trabajo ordinario en íntima relación con el afán de santidad, es posible para la inmensa mayoría de los cristianos aspirar seriamente a la plenitud de la vida cristiana.

Me vienen a la memoria las acciones de gracias que brotaban del alma de nuestro Padre, cuando leía las cartas de sus hijas y de sus hijos. Se removió mucho cuando un campesino, un fiel de la Obra, le decía que se levantaba muy de madrugada y ya rogaba al Señor que nuestro Padre descansara en el sueño, y añadía esa persona que luego, mientras abría con el tractor los surcos en la tierra, rezaba Acordaos y otras plegarias. Disfrutó mucho nuestro Fundador al comprobar la realidad de una vida contemplativa, en medio de los trabajos del campo.

En la carta apostólica que —invitando a la santidad— escribió al comienzo del nuevo milenio, el Siervo de Dios Juan Pablo II se expresaba de la siguiente manera: «Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno (…). Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección»[7].

Nuestro Padre reiteró esta doctrina una vez y otra, afirmando que la contemplación no es cosa de privilegiados. Algunas personas —afirmaba de modo gráfico, para que quedara bien grabado en los oyentes— con conocimientos elementales de religión, piensan que los contemplativos están todo el día como en éxtasis. Y es una ingenuidad muy grande. Los monjes, en sus conventos, están todo el día con mil trabajos: limpian la casa y se dedican a tareas con las que se ganan la vida. Frecuentemente me escriben religiosos y religiosas de vida contemplativa, con ilusión y cariño a la Obra, diciendo que rezan mucho por nosotros. Comprenden lo que no comprende mucha gente: nuestra vida secular de contemplativos en medio del mundo, en medio de las actividades temporales. Nuestra celda está en la calle: ése es nuestro encerramiento. ¿Dónde se encierra la sal? Hemos de procurar que no haya nada insípido. Por eso nuestro retiro han de ser todas las cosas del mundo[8].

Así como el cuerpo necesita del aire para respirar y de la circulación de la sangre para mantenerse en vida, así el alma precisa permanecer en contacto con Dios a lo largo de las veinticuatro horas de la jornada. Por eso, la piedad auténtica impulsa a referir todo al Señor: el trabajo y el descanso, las alegrías y las penas, los éxitos y los fracasos, el sueño y la vigilia. Como escribía don Álvaro en 1984, «entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración no puede haber sólo un “armisticio”, más o menos conseguido; debe existir una unión plena, una fusión que no deja residuos. El trabajo alimenta la oración y la oración empapa de sí el trabajo»[9].

Para alcanzar esta meta, además del auxilio de la gracia, se requiere un esfuerzo personal constante, que a menudo se concreta en pequeños detalles: recitar una jaculatoria o una breve oración vocal aprovechando un desplazamiento o una pausa en la tarea; dirigir una mirada cariñosa a la imagen del crucifijo o de la Santísima Virgen, que discretamente hemos colocado en nuestro lugar de trabajo, etc. Todo esto sirve para mantener viva en el alma una orientación de fondo hacia el Señor, que cotidianamente tratamos de fomentar en la Misa y en los ratos dedicados expresamente a la meditación. Y así, aunque en muchos momentos estemos concentrados en las diversas ocupaciones, porque la mente se sumerge plenamente en la realización de las diferentes tareas, el alma sigue fija en el Señor y mantiene con Él un diálogo que no está compuesto de palabras, y ni siquiera de pensamientos conscientes, sino de afectos del corazón, de deseos de realizar todo, hasta lo más menudo, por Amor, con el ofrecimiento de aquello que nos ocupa.

Cuando nos conducimos con semejante empeño, el trabajo profesional se convierte en una palestra donde se ejercitan las más variadas virtudes humanas y sobrenaturales: la laboriosidad, el orden, el aprovechamiento del tiempo, la fortaleza para rematar la faena, el cuidado de las cosas pequeñas…; y tantos detalles de atención a los demás, que son manifestaciones de una caridad sincera y delicada.

Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio[10].

Con la misma fuerza con que impulsaba a convertir el trabajo en oración, nuestro Padre insistía en la necesidad de no abandonar los tiempos dedicados exclusivamente al Señor: la Misa y la Comunión frecuentes, los ratos de oración mental, el rezo del Rosario y otras prácticas de piedad largamente experimentadas en la Iglesia; con tanto más cuidado y atención cuantas mayores dificultades surgen a causa de un horario apretado de trabajo, de la fatiga o de los momentos áridos que antes o después no faltan en la vida de nadie. «Tales ejercicios —recordaba don Álvaro— no han de concebirse como interrupciones del tiempo dedicado al trabajo; no son como paréntesis en el transcurso de la jornada. Cuando rezamos, no abandonamos las actividades “profanas” para sumergirnos en las actividades “sagradas”. Por el contrario, la oración constituye el momento más intenso de una actitud que acompaña al cristiano en toda su actividad y que crea el lazo más profundo, porque es el más íntimo, entre el trabajo realizado antes y el que se tornará a realizar inmediatamente después. Y, paralelamente, justamente del trabajo sabrá obtener materia con que alimentar el fuego de la oración mental y vocal, impulsos siempre nuevos para la adoración, la gratitud, el confiado abandono en Dios»[11].

Dentro de pocos días marcharé a Ecuador, Perú y Brasil, para estar con mis hijas y con mis hijos, y alentar su labor apostólica. Os ruego que, como siempre, me acompañéis en este viaje con vuestra oración, con el ofrecimiento de vuestro trabajo y de vuestro descanso, los que ahora estéis disfrutando de un tiempo de vacaciones. Cuidad el trato con Dios también en esos días, recordando lo que nuestro Padre nos enseñó: siempre he entendido el descanso como apartamiento de lo contingente diario, nunca como días de ocio.

Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes… En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después —con nuevos bríos— al quehacer habitual[12].

También en este mes se cumple el 75º aniversario de cuando el queridísimo don Álvaro respondió al Señor: ¡aquí estoy! A su intercesión confío vuestra fidelidad y la mía, para que sea diariamente enteriza, y para que me sostengáis en mis intenciones.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Pamplona, 1 de julio de 2010.

——————–[1] Lc 18, 1.

[2] 1 Ts 5, 17.

[3] Cfr. San Jerónimo, Tratado sobre los Salmos, Comentario al Salmo I (CCL 78, 5-6).

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 8.

[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 23-IV-1959.

[6] Benedicto XVI, Homilía, 19-III-2006.

[7] Juan Pablo II, Carta apost. Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 31.

[8] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 30-X-1964.

[9] Don Álvaro del Portillo, Il lavoro si trasformi in orazione, artículo publicado en la revista “Il Sabato”, 7-XII-1984 (“Rendere amabile la verità”, Libreria Editrice Vaticana, Roma 1995, p. 649).

[10] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 67.

[11] Don Álvaro del Portillo, cit., pp. 650-651.

[12] San Josemaría, Surco, n. 514.

documento sacado de opusdei.es

confidencia?

avefelix escribió:pertenecí al OD 12 años como supern.. hace 4 años que no.
Tal vez no era mi camino, hay cosas con las que no puedo vivir, soy una persona demasiado afectiva y me molestaba la excesiva formalidad con la que se vivían muchas cosas, incluso en el trato con Dios. Como digo puede que no sea este mi camino respeto a los que se sienten allí felices, pero….

Sigo practicando mi Fe…pero esas son las cosas nunca entenderé de la espiritualidad del Opus D. Me cansé de sentirme como una oveja negra… entre tanta “perfección” y apariencia.

Enfin quería expresar esto, y solo decir que cosas que hacen felices a unos a otros nos puede hacer la vida imposible para que lo tengan en cuenta cuando hagan “proselitismo”.

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Mira cada caminante siga su camino:
Has intentado ser generosa con lo que Dios te pedía: eso ya es muchísimo. Quédate tranquila.
No era tu camino: ¡pues genial! nadie te dice nada, mas bién todo lo contrario, si no, no te seguirían invitando a cosas ¿no?

Ahora tu preocupación:

Hay una cosa que me ronda y son las confidencias…¡por qué se ventila la vida privada de una persona entre varias de la misma casa!, a mí me ocurrió…en la confidencia está la penitencia…? Me parece una forma muy invasiva de dirección.

Me vas a perdonar, pero tú como sabes que tus cosas se ventilan? Esa acusación es muy grave
Yo llevo 40 años en el Opus Dei y no me creo para nada que mis cosas se ventilen en ningún sitio.

¿Cómo que a ti te ocurrió?

Y ¿en la confidencia está la penitencia? Creo que te equivocas de medio a medio: ya quisieran muchos por ahí tener a alguien en quien poder confiar, y con quien hablar de tus cosas íntimas, y recibir buenos consejos, que por ser de alguien fuera de ti, siempre suelen iluminar de una manera especial el alma y son una ayuda estraordinaria para la lucha.

¡Hay del que está solo! dice la escritura santa, y es verdad.

La bendita charla fraterna.
¿Una penitencia? ¡¡Ya la quisieran muchos!!

Yo cada semana le doy gracias a Dios por ella y por la oportunidad de la Confesión con el sacerdote.

Además me vas a perdonar, pero es lo que hacen en los cafés por ahí la gente, pero de una manera más desgarradora, más triste. A veces no saben en quién confiar.
Por ahí la gente está deseando que alguien le escuche, aunque no sea más que en el plano humano, imagínate el sobrenatural.

Rezo por ti, para que seas de verdad un “ave feliz”

que se tiene que hacer para ser numeraria?

estudio en centro del opus dei este seria mi segundo año, me interesa saber que se tiene que hacer para ser numeraria. Me gusta mucho ir a retiros.
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¿Tienes alguna amiga que lo sea? Pregúntale a ella. Para ser numeraria necesitas vocación (eso solo lo puede dar Dios) y que te dejen pedir la admisión (eso depende de las directoras del centro por el que vayas a medios de formación). Y, por supuesto, todo depende de ti, de que quieras…
¡Ánimo, rezo por ti!

¿El Opus Dei roba a los hijos?

Mi hijo va por una casa del Opus Dei a medios de formación. Estoy seguro de que, como me descuide, me lo van a robar. A mí no me importa que haga lo que Dios quiera de él, pero creo que, si se hace del Opus, le voy a perder de vista. Es como si me robasen a mi hijo. Estoy confundido. ¿Qué me dices a esto, blogger?

Es cierto lo que dices. Pero creo que lo mismo se podría decir sobre el matrimonio. Si tu hijo se casase, también te lo “robarían”. En este caso el robo lo efectuaría una mujer, pero seguiría siendo un “robo”, porque le verías menos: tendría que preocuparse de atenderla, de sus hijos, de la hipoteca, el pago del coche…
De todas formas, en la Obra, siempre he oído decir que el 4º mandamiento -el de honrar a los padres- es el “dulcísimo precepto”. Porque es una gustosa y agradabilísima tarea la de cuidar y atender a los padres. Si tu hijo se hace del Opus Dei, le animarán a llamaros, a veros con frecuencia, a escribiros cuando se va de viaje… Todo esto te lo digo porque es lo que siempre he oído, vivido y enseñado a los demás, desde que soy de la Obra.
También nos recordaba incansablemente San Josemaría, que debemos a nuestros padres el 90% de la vocación. Porque si no fuera por la educación cristiana y ejemplar que nos han dado, difícilmente habríamos podido estar en condiciones de recibir la llamada de Dios a su Obra. Por ello, todos tenemos una gran deuda de gratitud con nuestros padres.
Hace unos años conocí a unos padres que tenían un hijo de la Obra, y le veían como la oveja negra de la familia. Este hijo respondía a todas las trabas que ponían a su vocación con oración y comprensión, como siempre recomendaba San Josemaría. Cuando eso ocurre, supongo que el Señor se quiere valer de ellos, para afianzar al hijo en su vocación, o para cualquier otro fin; ¡Dios sabe más!

no habría tantas charlas de “vocación y perseverancia”


mensaje de invitado escribió:
Te recomiendo un libro: “Miedo a la libertad”, de Eric Fromm.Si realmente en el Opus Dei la gente se autorrealizara, “como Dios manda” (para lo que hemos nacido), no habría tantas charlas de “vocación y perseverancia”. En los centros de numerarios y numerarias, ese tema junto con el de la “Santa Pureza” es obsesivo, reiterativo, axfisiante, como la misma doctrina del Opus Dei. Antinatural, como la Iglesia que acoge tal institución.

Hola amig@:
Pues lo que no entiendo, es que te preocupe tanto lo que “Dios manda” para autorrealizarse, para acabar en el despropósito de tirar por tierra no solo al Opus Dei, si no a la Iglesia de Dios.

Yo te recominedo otro libro, mucho más constructivo para la vida . Apreder a perdona de Jutta Burggraf. Es una teóloga de primera, pero escribe para infantes de pecho, es decir tu mism@ lo podrás entender. Y te recomiendo que lo pongas en práctica por que ir por la vida encima de la chepa con tanta carga de odio, te aseguro que no es nada bueno para la salud.

Y en el Opus Dei, periódicamente le damos “repaso” a esos temas que menciónas y a muchos más: son cíclicos, como la vida misma: empiezas por uno, y hasta el final del programa, y vuelta a empezar. Es como si a mi me dijeras que siempre están hablando de orden…  es que con cada montaje me vuelvo a desordenar.

“fobiaopus” y supernumerario

Hace años conocí un matrimonio francés. El era supernumerario y ella “fobiaopus“. Una amiga me dijo que tenia que rezar porque la familia lo estaba pasando mal por esta mania persecutoria. Hace tres años hice mi convivencia en Torreciudad; era una convivencia para supernumerarias de lengua francesa. ¿os imaginais quién estaba allí?, pues sí la ex “contra el Opus Dei” feliz y contenta, risueña y relajada. ¿A que es bonito?. No cabe duda de que el calendario de Dios no es el nuestro. María Hortensia.

¿Comparte sacerdotes la Iglesia Católica con el Opus Dei?

Los sacerdotes del Opus Dei-los numerarios-atienden las labores de los Centros de formación, de colegios,campamentos de verano, Cursos de estudios o Cursos anuales y de Retiros, por lo que no les queda tiempo ni para respirar:)

Como son sacerdotes de la Iglesia Católica, están siempre a disposición del Obispo de la diocesis en que se encuentren, aunque al ser la Obra una Prelatura Personal, quedan bajo la potestad del Prelado del Opus Dei.

En muchas ciudades los Obispos piden la colaboración-porque faltan manos, faltan vocaciones sacerdotales-de estos sacerdotes para que atiendan una parroquia determinada.

Siempre les he visto a disposición de cualquier persona que haya solicitado el sacramento de la confesión, por ejemplo.

Luego, hay sacerdotes que no son sacerdotes numerarios, que viven y trabajan incardinados en sus diocesis pero que asisten a los medios de formación de la Obra.

En fin, la respuesta es más extensa, no se si te he contestado, además está la terminología jurídica en la que puedo patinar, pero el resumen es que son sacerdotes católicos,que están para servir a Cristo en su Iglesia y que han encontrado la vocación para desarrollar su vida cristiana en el Opus Dei.

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